Después del aplauso

Las cámaras se apagan, las autoridades regresan a sus actividades y las banderas vuelven a los cajones, donde permanecerán guardadas hasta el próximo julio. Durante unas horas, el Perú parece detenerse para recordar su historia y aquello que lo une.

Sin embargo, cuando terminan las Fiestas Patrias, comienza el verdadero desafío. Los discursos llegan a su fin y la rutina vuelve a ocupar su lugar. Con ella regresan también los problemas pendientes y las expectativas depositadas en un nuevo gobierno. Como ocurre con cada cambio de mando, esperamos que las promesas se conviertan en acciones y que los desafíos que arrastramos desde hace años encuentren respuestas. Porque, aunque los gobiernos cambien, el Perú permanece; y con él, la responsabilidad de seguir construyendo el país que compartimos.

Hay algo especial en la manera en que los peruanos vivimos estas fechas. Por un momento dejamos de lado las diferencias para recordar todo aquello que nos une. Sin embargo, más allá de la celebración, queda una pregunta que vale la pena hacernos: ¿cómo seguimos demostrando nuestro amor por el Perú cuando los símbolos desaparecen y la celebración queda atrás? Es fácil querer al Perú cuando está de fiesta. Lo difícil, y también lo más valioso, es seguir queriéndolo cuando los cambios tardan en llegar, sin dejar de creer que un mejor Perú también se construye cada día.

Los aplausos duran apenas unos minutos. La tarea de gobernar dura cinco años. Pero el compromiso de creer en el Perú y aportar, desde el lugar que cada uno ocupa, no tiene fecha en el calendario. Porque la mejor manera de celebrar al Perú es no dejar de creer en él cuando termina la fiesta.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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