Críticos y seguidores del nuevo gobierno no necesitan dar demasiadas vueltas para entender el punto clave de la diferenciada propuesta ejecutiva de Keiko Fujimori.
¿Por qué diferenciada propuesta ejecutiva?
Porque precisamente, a diferencia de gran parte de la izquierda, Fujimori no ha venido persiguiendo la presidencia para terminar en la obsesiva propuesta legislativa de siempre por una asamblea constituyente, sino para hacer lo que ahora tiene que hacer en el cargo para el cual fue elegida: sencillamente gobernar.
La nueva mandataria quiere convertir el Estado “catastrófico” que encuentra a su paso en otro gerencial que funcione con resultados ministeriales medibles y verificables, no importa que esto le demande una conducción vigilante del país de 24 horas y siete días a la semana, durante cinco años.
¿Podrá en verdad hacerlo?
Si este es el objetivo de Fujimori de reconstrucción del aparato público y de gestión moderna aplicada a su funcionamiento, su objetivo final, tomado de sus propias palabras, es que todos los peruanos sin excepción sientan y reconozcan la utilidad y calidad de cada servicio del Estado, allí donde esté: en una escuela, en un hospital, en una carretera, en una cola por una licencia empresarial o en otra por una vivienda, en una comisaría, en una fiscalía, en un juzgado penal, en una penitenciaría.
Al margen de que el trazo de un horizonte gubernamental así pueda parecer a unos posible y realizable, y a otros populista y demagógico, lo cierto es que, tal como está planteado, con sinceridad y sin cartas bajo la manga, no puede negársele menos que un escepticismo constructivo.
Si este es el punto clave, la esencia, el quid, el qué del gobierno, resulta obvio que, el cómo hacer las cosas, el ‘know-how’ estratégico, la ingeniería y reingeniería sectorial o general, corresponde al trabajo individual y conjunto de Fujimori y los integrantes de su Consejo de Ministros.
La presidenta sabe por qué y atendiendo a qué metas, objetivos, plazos e intereses de su gobierno ha elegido a sus ministros. Así como estos tendrán que responder por sus resultados medibles y verificables, ella tendrá final y políticamente que responder por ellos. Cada ministro sabe, además, cuán fusible es, dependiendo de la carga o presión política que sea capaz de soportar.
Por lo que la escuché decir a Fujimori al recibir sus credenciales presidenciales y luego al momento de su asunción al poder, su decisión de cargar sobre sus espaldas el objetivo de construir un Estado gerencial y moderno en cinco años encierra de por sí un desafío descomunal.
Ella parece estar dispuesta a hacer más de lo que podría hacer, pero acompañada, como jefa del Estado, de los demás poderes: desde el Congreso hasta el Ministerio Público, desde la administración de justicia hasta la contraloría, si es que esta busca realmente ser más que parecer.
La gobernabilidad del país no involucra a uno ni a dos ni a tres sino a todos los poderes del Estado. Tenemos la oportunidad de aprender a hacer gobierno, Estado y nación, por encima de quién esté en la presidencia.












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