Renovando incertidumbres, por Alonso Cueto

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Vivir en la incertidumbre. No saber si llegaremos al final del día, al final de la semana, al final del mes, si tendremos que dejarlo todo, si algun sicario nos va a disparar o va a dispararle a mi papá o a mi hermano o hermana. No saber si lo que vamos a vender en nuestro kiosko o nuestro puesto va a alcanzar para algo al final del día. No saber si nos va a dar alguna enfermedad o vamos a tener un accidente, lejos de cualquier posta médica donde tendremos que hacer cola desde las cinco de la mañana. No saber si nos demorará menos de tres horas llegar al trabajo después de tomar una mototaxi, un micro pequeño y un ómnibus o un tren, bajando del lugar donde vivimos. Saber que por más que haya habido elecciones y hay un nuevo gobierno, en el mejor de los casos las condiciones seguirán igual, al menos por un buen tiempo. No saber si podremos vacunar a los hijos, si será suficiente con las contribuciones en los comedores populares y con las asociaciones parroquiales.

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No saber si podremos encontrar un trabajo donde haya un sueldo decente, unas condiciones mínimas, una relación productiva, si podemos sobrevivir a las corruptelas, a los favoritismos, a las preferencias de camarillas o caudillos. No saber si llegará el agua a nuestro barrio que depende de un camión cisterna o no, de vez en cuando, o si alguna vez nos acostumbraremos como muchos peruanos a vivir sin agua, sin luz, sin desagüe, sin las condiciones de vida decente mínimas. No saber si las elecciones podrán asegurar algo nuevo, o si la vida es un plano de hechos sin sentido, sin razón, el diseño de un dios de la historia desquiciado que juega a los dados, como en el poema de Vallejo. Jugar a no perder la esperanza, la fe, sabiendo que una persona o una familia puede vivir en las peores condiciones pero no sin la mínima convicción de que algún día las cosas pueden cambiar. Haber salido a votar por alguien y pensar que esa persona o ese partido o esas ideas puedan ser una farsa, como cuando depositamos nuestra fe en alguien que nos traiciona, en un relato definido por los traidores.

La incertidumbre le debe su imperio en el Perú a una historia hecha de contradicciones, de fragmentación y de división. Nada es seguro, todo es posible, me dijo alguna vez una amiga extranjera. Ese mismo lema, sin embargo, se extiende al mundo de hoy. La incertidumbre de cómo acabará la guerra de Ucrania y el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, con los bombardeos constantes en el Líbano, no dan señales de terminar. Los acuerdos de paz y las conversaciones sirven de poco. Por otro lado, con el calentamiento global, los indicios de veranos ardientes y de inviernos càlidos, gracias a la quema de combustibles fósiles y a la tala de árboles, no sabemos qué será de este planeta.

Y en la América Latina, con nuevas elecciones, la incertidumbre de los más pobres y necesitados es la más urgente. Viendo las posiciones radicales que muestran los políticos, uno tiende a pensar que el “futuro ya no es lo que era”. Con frecuencia recuerdo el dicho andaluz que repetía nuestro querido Alfredo Bryce: “A la mar fui por naranjas, cosa que la mar no tiene. Metí la mano en el agua, mi esperanza la mantiene”.

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