Hace dos años, el ex primer ministro Tony Blair –quien gobernara por toda una década (1997-2007) el Reino Unido, con significativos logros y ocasionales fracasos– publicó un libro: Sobre “Liderazgo, lecciones para el siglo XXI”, cuya lectura debería ser obligatoria para las autoridades elegidas que asumen sus cargos el 28 de julio, así como para los miles de candidatos que aspiran a algún cargo en las próximas elecciones regionales y municipales en todo el país.
Su estilo es uno de manual, con 40 capítulos cortos cuyos títulos resumen sus principales consejos. Así, por ejemplo: 3) priorizar: si se intenta hacer todo, probablemente no se hará nada; 11) los éxitos rápidos allanan los cambios de largo plazo; 13) el primer deber: la seguridad de las personas; 16) la plaga de las ideologías; 17) la revolución tecnológica y el Estado reimaginado; 24) navegar entre EE.UU. y China (sin olvidar a India); 30) la política en la era de las redes sociales; 40) partir con elegancia.
¿Qué caracteriza en política a un líder o una lideresa eficaz? Ser alguien capaz de tomar decisiones en función de los intereses más amplios y de largo plazo de las personas, alguien que muestra coraje para resistirse a las corrientes de opinión más populistas y de corto plazo, que habla cuando otros callan, que actúa cuando otros quedan entrampados por dudas recurrentes, que asume riesgos con decisiones que permitirían alcanzar beneficios superiores que hoy no todos pueden vislumbrar bien. Los mejores líderes resultan ser efectivos agentes de cambio. Y de un cambio eficaz, superando las resistencias naturales que este siempre genera. La mayoría de los gobiernos suele fracasar en sus intentos.
Durante toda su vida, Blair ha sido un socialdemócrata optimista. Los consejos de su libro trasmiten algo de su rica experiencia y sabiduría que es especialmente valiosa porque –como bien escribe– “el gobierno es el único espacio en el cual una persona sin calificaciones ni experiencia puede terminar ejerciendo una posición significativa de poder. En cualquier otra actividad humana, tal situación podría considerarse inimaginable, incluso ridícula… pero en política todo puede suceder”.
Curiosamente, Blair dedica a la tecnología el tema del cual podría saber menos, una buena cantidad de páginas. Lo cual revela que, a sus 73 años, ha comprendido bien la transformación que se ha registrado en la dinámica entre los líderes y sus seguidores desde cuando dejó de ser primer ministro. En el capítulo de redes sociales escribe: “Estas son el espacio donde el vitriolo y la mala leche constituyen el condimento cotidiano de cualquier opinión que se pueda dar a conocer”. El Instituto para el Cambio Global que él lidera se ha posicionado como un referente mundial para la adopción imaginativa de la inteligencia artificial (IA) para mejorar la productividad y transformar digitalmente tanto los estados como los servicios públicos.
En Estonia, por ejemplo, ya se han digitalizado el 100% de los servicios gubernamentales. Los ciudadanos pueden votar en línea, registrar una empresa en 20 minutos o realizar su declaración de impuestos en menos de eso, así como rastrear qué funcionario ha accedido a sus datos. En Singapur, la aplicación Singpass permite a los ciudadanos acceder de forma segura a más de 2.700 servicios de 800 agencias gubernamentales. Se complementa con MyInfo, un sistema que contiene la información de todos los ciudadanos, evitándose así la presentación repetida de documentos físicos o fotocopias. En Dinamarca, hay un portal igual, que permite, entre otras funciones, elegir al médico con el cual uno quiera atenderse.
En su Instituto, Blair suele ser consultado sobre cómo encarar los primeros 100 días de un gobierno. Su consejo lo resume en cuatro tareas básicas: 1) fijar una dirección clara, todos debieran nadar en la misma dirección; 2) formar en el núcleo un buen equipo que sea suficiente y capaz; 3) identificar acciones que podrían generar resultados exitosos en el corto plazo que sirvan como avances de los cambios más sostenidos que se pretenden lograr; y 4) comunicar, una tarea a la cual muchos líderes no le prestan la atención requerida. En su libro, Blair afirma que demora no menos de una década lograr una mejoría efectiva en cualquier país: 10 años de ajustes bien focalizados y continuos.
Todo líder requiere de un asistente eficaz que le maneje la agenda. Hay personas talentosas, como por ejemplo el expresidente de EE.UU. Bill Clinton, cuya eficacia se diluía por una incapacidad casi crónica para cumplir adecuadamente con su agenda. Un líder requiere de suficiente tiempo para pensar, priorizar, estudiar, resolver, descansar. Las horas que puede resultar perdiendo en reuniones improductivas le impiden atender bien algunas funciones esenciales de gobierno. León XIV, por ejemplo, parecería haber encontrado, en Edgard Rimaycuna Inga, un asistente así.
El inglés tiene la ventaja de diferenciar ‘policy’ de ‘politics’. En castellano, ambos conceptos se traducen como política. Pero la buena ‘policy’ debe anteceder al ‘politics’. ¿Cuál sería el análisis más adecuado del problema que se pretende resolver? ¿Cuáles son los hechos y las cifras? ¿Cuáles podrían ser propuestas que funcionen efectivamente? En la ‘policy’ de educación y salud, por ejemplo, la prioridad debería darse a los intereses de los padres de familia y de los pacientes; aunque lo más común sea que los profesores y médicos ostenten un mayor poder político para atender sus demandas que pueden resultar egoístas.
Los equipos núcleo que el líder reúna deben estar obviamente conformados por personas listas y empeñosas, pero también estas deben contar con otras cualidades: una capacidad para manejar bien el estrés; para reconocer lo que no saben; para negociar bien, con la confianza suficiente como para hacer frente a cualquier debate, y la disposición para ser flexibles cuando lo sea de veras necesario. Sus miembros no deben tener temor de darle malas noticias al líder, ni de exponer sus razones ante cualquier desacuerdo.
Por la mitad del libro, hay una frase sorprendente: “Este es un buen momento para gobernar”. Pocas referencias hay en el libro a los evidentes obstáculos, las múltiples frustraciones y las graves incomprensiones que genera el ejercicio del poder. El mensaje de Blair es que las cosas pueden mejorar –y de manera significativa– si los líderes gobernantes se focalizaran bien en los resultados que desean obtener, si aprovecharan plenamente las nuevas tecnologías y si aspiraran a merecer el respeto de sus gobernados.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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