Piedras negras en el Pacífico, por Ginevra Baffigo

Durante siglos, China jugó al go mientras Occidente se obsesionaba con el ajedrez. No es una diferencia menor. El ajedrez es un juego de aristócratas paranoicos: batallas espectaculares decididas en movimientos teatrales. El go, en cambio, tiene algo más inquietante. No busca destruir al adversario; busca rodearlo con tanta paciencia que, llegado cierto punto, la derrota parezca una conclusión razonable. Casi voluntaria. Henry Kissinger, fascinado por la psique de Beijing, recordaba que el Imperio chino nunca necesitó cruzadas evangelizadoras; prefería el arte de administrar la codicia y las contradicciones de los de afuera, manteniéndolos ocupados en la periferia mientras el centro del poder permanecía intacto. Y, últimamente, América Latina empieza a adquirir una estética sospechosamente compatible con ese tablero.

Primero apareció Chancay, en el Perú. Ahora, San Antonio, en Chile: US$4.450 millones en infraestructura portuaria donde, con esa casualidad estadística tan característica de la geopolítica contemporánea, entre los cinco candidatos a la licitación está –junto con tres europeos y un coreano– también una empresa china. Solo una. Y, aun así, suficiente para incomodar.

Oficialmente, son inversiones logísticas. Pero, extraoficialmente, Beijing sigue coleccionando puertos sobre el Pacífico como quien deja pequeñas piedras negras sobre una superficie demasiado grande para que los de afuera comprendan el dibujo completo. Y quizá tenga perfecto sentido, porque el verdadero problema estructural de la economía china siempre fue algo infinitamente más peligroso: el petróleo.

Buena parte de la economía china depende todavía de rutas marítimas absurdamente vulnerables, como los estrechos de Ormuz o Malaca; esos embudos donde circula la energía que mantiene encendidas las fábricas del planeta. Cuando una potencia depende de canales vigilados directa o indirectamente por la armada estadounidense, los puertos dejan de ser puertos. Empiezan a parecer pólizas de seguro.

No se trata de casos aislados. Según datos del CSIS, empresas chinas ya tienen participación, administración o inversiones en al menos 37 proyectos o terminales dentro de los 118 puertos de gran calado que registra la Cepal en América Latina y el Caribe.

En esta partida, China no necesita levantar la voz; le basta con mover sus piezas. Washington, en cambio, parece haber entendido que las piedras ya no están cayendo tan lejos. Al presionar simultáneamente a Irán o Venezuela, la Casa Blanca amenaza el grifo energético de Beijing. Y es en esa geometría del miedo donde Cuba vuelve a ser útil. La isla no produce petróleo; depende de él y de quienes puedan financiarlo, pero sirve de espejo retrovisor para China. Sostener a La Habana es recordarle a Washington, a escasas 90 millas de Florida, que quien tiene la capacidad de estrangular el suministro asiático también tiene vecinos incómodos en su propio patio trasero.

Al final, la verdadera pregunta no es si Trump improvisa o si Xi Jinping juega una partida maestra de largo plazo. La pregunta es otra: cuántas piedras hacen falta antes de que América Latina descubra que nunca fue la observadora de la partida, sino el tablero.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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