El debate entre los equipos técnicos de Fuerza Popular y Juntos por el Perú pondrá en la agenda de las conversaciones y de los virales de las redes sociales algunos datos de diagnóstico, así como propuestas de gobierno en una campaña que ha estado marcada por la poca ilusión y la desconfianza. Lo más relevante de estas presentaciones será lo que simbolicen los perfiles, prestigios y estilos que representen a cada candidatura a la presidencia, de cara a la confrontación central entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, programada a siete días de la segunda vuelta.
Los debates serán determinantes para ese 15% a 20% de electores que aún no decide definitivamente su voto (más indecisos hay en el norte del país), junto con el 14% que hoy piensa votar en blanco o nulo, pero que muy probablemente se reducirá a menos del 10%. (Ipsos, mayo 2026).
Esa audiencia heterogénea e indecisa –que integra a los más indiferentes hacia la política con un sector muy informado– difícilmente sea persuadida por los argumentos técnicos, la trayectoria de los candidatos o lemas efectivos en una primera etapa como “La fuerza del orden” o “Castillo libertad”, sino por propuestas puntuales que los involucren directamente (sostengo que el empleo pesará más que la seguridad para motivar a los votantes), y principalmente por gestos que conviertan la desconfianza en una duda razonable que acerque al respaldo.
Me refiero a gestos que trasciendan la fundamental comunicación no verbal; el tono de voz, la postura, el movimiento de las manos, la mirada, el manejo de las pausas, etc. Los gestos también estarán en las reacciones rápidas ante los ataques, o las frases que puedan desconcertar. Finalmente, la mayoría ciudadana no modificará su preferencia por los debates, pero sí lo hará un sector de peruanos que rechaza a ambas candidaturas, pero que comprende que el repudio o temor se presentan de forma distinta y esperan señales.
Esta semana, Ipsos dejó un escenario claro, pero no cerrado: Keiko Fujimori con 39% de intención de voto, Roberto Sánchez con 35%, y un 26% que no decide o no opina. Este último es el verdadero campo de batalla.
La historia enseña que en las segundas vueltas peruanas los debates rara vez voltean elecciones, pero sí erosionan el voto de aquellos que aún no deciden y suelen hacerlo a pocos días de la elección.
Los enfrentamientos políticos televisados pesan más por errores que por aciertos: el “no más pobres en un país rico” de Pedro Castillo en el 2021, el “cómo has cambiado, pelona” de Keiko Fujimori a PPK en el 2016. Las frases mueven las emociones que nos llevan a las urnas, pero en estos tiempos digitales –y teniendo en cuenta que entre los indecisos hay un electorado juvenil– el verdadero impacto se mide en los clips que circulan después por TikTok y WhatsApp, donde esas frases definen la narrativa.
El debate técnico es otra historia. Podría mover poco la intención de voto, pero impacta en tres públicos que sí importan: empresariado, analistas y economistas. Ellos amplifican o desactivan la percepción del riesgo país.
Y este año el dato es ineludible: Sánchez anunció a Pedro Francke como jefe de su equipo económico, lo que reactiva memorias del fracaso del 2021. Del lado de Sánchez se anticipa más ataques que propuestas si la desventaja porcentual continúa hasta esa fecha. Fuerza Popular, si logra mantener la ventaja a favor, puede hablar de planes y demostrar experiencia. Sin embargo, los ofrecimientos populistas se colarán en los titulares.
Entre la polarización, los indecisos y la viralización digital, el debate puede mover escasos puntos, nada despreciable teniendo en cuenta que las últimas elecciones se ganaron voto a voto.












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