La fotografía de Keiko Fujimori sentada en la casa de Pedro Pablo Kuczynski no tiene nada de espontánea. Nadie llega hasta ahí movido por la melancolía, los buenos recuerdos o una súbita vocación ecuménica. La política nacional podrá ser muchas cosas –improvisada, brutal, caótica, a ratos delirante–, pero jamás ingenua. Y menos en campaña.
Keiko parece haber entendido algo que durante años prefirió ignorar: el antifujimorismo más duro ya no es el único muro que tiene delante. Existe otro sector bastante más incómodo para ella. Con mayor acceso a la educación de calidad, menos ruidoso. Esa derecha que jamás terminó de confiar en el fujimorismo.
Ese votante existe. Siempre existió. Es el empresario liberal, el profesional urbano, el tecnócrata, el votante de clase media que en el 2016 votó por PPK porque veía en Keiko algo demasiado parecido a la concentración de poder, al control agresivo desde el Congreso y a la herencia autoritaria de los noventa.
Porque el problema más serio que arrastra el fujimorismo no es ideológico en ese sector. Es psicológico. Mucha gente de derecha no confía en Keiko porque ella se negó a aceptar la derrota, combatió sin respiro al gobierno de PPK y lo acabó derribando mientras el país ingresaba a una espiral de confrontación durante una década y cuyas consecuencias permanecen.
Por eso, la escena con PPK tiene tanto contenido político. No importa únicamente lo que hablaron. Importa la imagen. Importa verla sentada en la mesa de esa casa de San Isidro frente a él. Importa la fotografía compartida. Importa la palabra ‘reconciliación’. Todo está dirigido a un electorado muy específico: la derecha que desconfía de ella, pero que tampoco quiere una victoria de Roberto Sánchez.
Ahora bien, la gran pregunta es si eso funcionará. Y ahí la respuesta es bastante más compleja.
Puede funcionar parcialmente, sí. Porque el Perú de hoy no es el del 2021 ni el del 2016. Hay fatiga política. Muchísima. El país viene de años de presidentes caídos, congresos desprestigiados, escándalos permanentes y crisis institucional. En contextos así, los discursos de estabilidad suelen recuperar valor. La imagen de una Keiko más moderada, más institucional y menos confrontacional puede tranquilizar a aquel sector empresarial y urbano que prioriza gobernabilidad y previsibilidad económica.
Además, Keiko llega a esta segunda vuelta con una ventaja importante: ya no despierta el mismo nivel de temor que antes en algunos sectores moderados. Parte del antifujimorismo se desgastó. Otro envejeció. Y otro simplemente está agotado.
Pero también existe un límite evidente. La memoria política no desaparece tan rápido. Y el votante de derecha que votó por PPK no necesariamente olvida qué ocurrió después del 2016. Para muchos de ellos, la caída del gobierno de Kuczynski simboliza justamente el momento en que el fujimorismo desperdició la gran oportunidad de convertirse en una derecha democrática, moderna, y prefirió ejercer el poder desde el Congreso mediante la confrontación permanente.
Ahí está el dilema de Keiko. Necesita seducir a esos votantes sin parecer desesperada por obtener su absolución histórica. Necesita transmitir moderación sin que eso suene oportunista. Y necesita convencer de que aprendió sin renegar de su propia base dura, que muchas veces sigue viendo aquellos años como una demostración de fuerza y no como un error estratégico. Por eso la visita a PPK es interesante. Es reposicionamiento.
Keiko parece haber entendido que no le basta con consolidar el voto fujimorista clásico. Para ganar necesita construir algo más amplio: una coalición defensiva de la derecha frente a la izquierda. Y para eso necesita tranquilizar a quienes todavía la miran con cautela.La pregunta es si una fotografía alcanza para cerrar heridas políticas. En la última encuesta de Ipsos, Fujimori creció cuatro puntos en la capital y mantiene sus posiciones en otras ciudades, mientras Sánchez pierde seis puntos en el voto rural.
No obstante, sería también ingenuo subestimar el peso de los símbolos en campaña. Sobre todo, donde la política funciona más por emociones acumuladas que por programas de gobierno. La imagen de Keiko Fujimori conversando cordialmente con Pedro Pablo Kuczynski intenta decir algo muy concreto: “La guerra terminó”.
Otra cosa es que los electores le crean. Veremos.
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