Una segunda vuelta coloca a los electores que no votaron originalmente por ninguno de los candidatos que participan en ella ante una opción incómoda: escoger entre dos postulaciones que no consideran ideales. Esa incomodidad, sin embargo, no convierte al voto en blanco o viciado en una salida responsable. Los balotajes existen precisamente para que los ciudadanos cuyos aspirantes presidenciales quedaron fuera de la competencia tomen una resolución sobre quién gobernará el país y para que quien finalmente triunfe en las ánforas tenga tras de sí una mayoría que legitime su administración del poder.
Una segunda vuelta coloca a los electores que no votaron originalmente por ninguno de los candidatos que participan en ella ante una opción incómoda: escoger entre dos postulaciones que no consideran ideales. Esa incomodidad, sin embargo, no convierte al voto en blanco o viciado en una salida responsable. Los balotajes existen precisamente para que los ciudadanos cuyos aspirantes presidenciales quedaron fuera de la competencia tomen una resolución sobre quién gobernará el país y para que quien finalmente triunfe en las ánforas tenga tras de sí una mayoría que legitime su administración del poder.
Votar por uno de los finalistas, además, no supone deponer las críticas o preocupaciones que cada quien tenga respecto de ese candidato; significa, sencillamente, elegir el camino que, a juicio del votante, menos lejos está de lo que piensa o desea para el futuro que compartirá con el resto de los peruanos. Así tal ejercicio comporte decantarse por lo que habitualmente se llama el “mal menor”.
¿No es acaso importante asegurarse de que la institucionalidad democrática perviva después del 28 de julio? ¿No gravitará sobre la calidad de vida que tendremos por los próximos cinco años la posibilidad de que el crecimiento económico siga adelante en lugar de retroceder con experimentos populistas que han fracasado allí donde han sido ensayados? ¿Da lo mismo que lleguen al poder personas sobre cuyo proceder tenemos reservas que dejar que caiga en manos de asesinos de policías, compañeros de viaje de Sendero Luminoso o individuos demostradamente fuera de sus cabales que en nombre de la justicia cometieron en los últimos tiempos gravísimas injusticias? ¿Es el discurso del odio entre grupos sociales y regiones lo que conducirá a la convivencia pacífica en el país? Todo eso es lo que tiene que sopesar cada elector antes de acudir a las urnas.
Votar en blanco o viciado es un derecho que ciertamente asiste a cada compatriota. Pero abrazar esa decisión y luego, cuando las cosas en el gobierno comienzan a mostrar deficiencias, salir a marchar contra quienes lo encarnan al grito de “¡no me representan!” es irresponsable y absurdo. ¿Cómo habría de representar una autoridad a quienes se sustrajeron de la responsabilidad de elegirla o de impedir que fuera elegida?
En estos días hay quienes promueven ese tipo de sustracción, a pesar de que las urgencias de la hora actual la desaconsejan seriamente. Que nadie decida por usted. Ejerza este 7 de junio su derecho ciudadano y luego hágase responsable de aquello que decidió.
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