La captura del dictador Nicolás Maduro abre una ventana geopolítica sin precedentes para Washington pues representa mucho más que un cambio de régimen político. Se trata de un factor crucial para la seguridad hemisférica. Y es que bajo suelo venezolano yace un tesoro geológico que podría alterar el equilibrio de poder en la competencia más estratégica del siglo XXI: el control de los minerales críticos que alimentan la economía verde y la industria de defensa mundial.
Mientras el mundo observa atónito los acontecimientos en Caracas, analistas en Washington, Beijing y capitales sudamericanas comienzan a recalibrar sus cálculos sobre un recurso que hasta ahora había permanecido prácticamente inexplotado: las vastas reservas de tierras raras y metales estratégicos del arco minero del Orinoco. Durante décadas, Venezuela fue sinónimo de petróleo. Pero se sabe que el verdadero potencial trasciende los hidrocarburos. La región del arco minero, en el estado de Bolívar, contiene depósitos significativos de materiales estratégicos como coltán, níquel, titanio, oro y otros recursos esenciales para tecnologías que van desde turbinas eólicas hasta sistemas de guía de misiles.
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Estimaciones de hace una década sugieren que Venezuela posee entre el 10% y el 23% de las reservas mundiales de varios minerales principales. El potencial económico del arco minero se ha calculado en dos trillones de dólares, una cifra que supera con creces las reservas petroleras venezolanas a precios actuales. Sin embargo, dichas reservas jamás han sido cuantificadas ni priorizadas para explotación pues bajo Maduro, la minería del arco se caracterizó por operaciones irregulares, presencia de grupos armados y prácticas ambientalmente destructivas, sin generar capacidad industrial real.
Para comprender la magnitud de lo que está en juego, es necesario dimensionar la ventaja que China obtuvo en las últimas décadas invirtiendo sistemáticamente en infraestructura de procesamiento, tolerando costos ambientales y desarrollando ‘expertise’ técnico que Occidente no logró frenar, resultando en una dependencia estructural peligrosa. Además, si Washington convirtiera el desarrollo de capacidad de procesamiento en proyecto de seguridad nacional, tardaría como mínimo cinco años en reducir la brecha, y posiblemente una década para eliminar la dependencia de China.
Es en este contexto donde Venezuela adquiere relevancia estratégica. El acceso a tierras raras en el hemisferio occidental y libre de influencia oriental incentivaría los esfuerzos estadounidenses por diversificar su cadena de suministro emprendiendo el camino hacia la autonomía.
Por otro lado -y quizás el aspecto geopolítico más significativo de esta operación militar- podría ser la demostración inequívoca de que Washington se toma en serio lo que su Estrategia de Seguridad Nacional denomina el “Corolario Trump” de la Doctrina Monroe. Que explícitamente habla de negar acceso regional a competidores no hemisféricos como Rusia y China. Ese mensaje se manifestó con claridad cuando una delegación china recién llegada para reunirse con Maduro, despertó como el resto de Caracas, con el estruendo del poderío bélico norteamericano, permitiéndole a Estados Unidos afirmar enfáticamente que el hemisferio occidental está cerrado a otras potencias extranjeras.
La ecuación venezolana no puede analizarse aisladamente. Esta representa no solo una oportunidad bilateral sino regional. Sudamérica en su conjunto posee un potencial mineral extraordinario que ha sido sistemáticamente subutilizado. Brasil posee las segundas reservas mundiales de tierras raras, además de un cuasimonopolio en niobio. Chile y Perú aportan el 40% de la producción mundial de cobre, mientras que Bolivia y Argentina albergan las mayores reservas de litio del planeta. Pero convertir esa oportunidad en ventaja real requerirá inversiones sostenidas, y principalmente un enfoque que considere a Sudamérica como socio y no simplemente como fuente de suministros.
Indudablemente Venezuela tiene los recursos necesarios que EE.UU. necesita. Pero más allá de ello, imaginemos al mercado venezolano integrado a cadenas productivas sudamericanas generando economías de escala que beneficien conjuntamente a la región, creando corredores logísticos que reduzcan costos de transporte y faciliten el desarrollo de ‘clusters’ industriales especializados.
Así, un mercado regional robusto atraería inversión europea, japonesa, surcoreana, india y de otras democracias desarrolladas que buscan alternativas a la dependencia china generando un horizonte de desarrollo regional vastísimo.
La pregunta es si Estados Unidos está dispuesto a romper el ciclo sabiendo que ello requiere visión estratégica de largo plazo, y voluntad propia para junto a sus aliados regionales construir la infraestructura industrial, gobernanza institucional y los estándares ambientales necesarios. Particularmente Venezuela -que partiría prácticamente de cero en institucionalidad minera moderna- tendría la oportunidad de establecer estándares que sirvan de referencia regional.
La respuesta determinará no solo el futuro de Venezuela, sino el equilibrio geopolítico mundial de las próximas décadas.
El reloj corre, y ni China ni Rusia esperarán estáticos.
(*) Irma Montes Patiño es licenciada en Relaciones Internacionales de la George Washington University.












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