Soltar a Castillo no descomprime nada, por Omar Mariluz

La libertad de Pedro Castillo no solo parece ser una prioridad para el presidente José María Balcázar, sino también para Jorge Nieto. En su primera reunión con la presidenta electa, Keiko Fujimori, el líder del Partido del Buen Gobierno no solo habló de temas urgentes para el país, como la criminalidad y el fenómeno de El Niño, sino que también llevó a la agenda la excarcelación del golpista.

En ese encuentro, Nieto sugirió a la presidenta electa que “considere las rutas para la libertad de Castillo dentro del marco constitucional y con el objetivo de despolarizar el país”. El excandidato considera que esto debe ser parte de una política de reconciliación nacional. Hay voces dentro de Fuerza Popular que comparten esa mirada: creen que el gesto le permitiría al gobierno entrante congraciarse con los grupos más beligerantes.

Más allá de las consideraciones legales, la gran pregunta es si liberar a Pedro Castillo puede ayudar a descomprimir y despolarizar el país. La respuesta es no. Primero, porque el Perú no está dividido entre fujimoristas y castillistas. De hecho, solo el 10% del total de electores hábiles votó por Keiko Fujimori en la primera vuelta, y apenas un 7% lo hizo por Roberto Sánchez, candidato castillista.

Pero el país sí está dividido. No por un líder político en particular, y menos por un golpista investigado por corrupción como Pedro Castillo. Está dividido entre un Perú al que, con sus deficiencias, llegan los servicios públicos, y uno en el que estos son inexistentes o tan malos que da lo mismo su presencia.

Está dividido entre un Perú que recibe agua potable las 24 horas con solo abrir un caño, y uno en el que hay que pagarle a una cisterna para llenar un balde una vez por semana. Está dividido entre niños que van bien desayunados al colegio y niños intoxicados por la corrupción de Qali Warma. Está dividido entre vecindarios con seguridad privada y barrios en los que despertar con un asesinato se ha vuelto cotidiano.

Sí es necesario despolarizar el país, pero no premiando a un personaje que intentó romper el orden democrático y que está acosado por sus investigaciones de corrupción. La presidenta electa, Keiko Fujimori, debe descomprimir el país trabajando para que el Estado llegue correctamente al ciudadano. Debe buscar esa despolarización con una gestión técnica que dé seguridad, salud y educación a quienes hoy son los olvidados.

Parece ingenuo pensar que con la libertad de Pedro Castillo se va a lograr la “cohesión” para enfrentar los problemas del país, como plantea Nieto. Lo único que generaría una decisión de ese tipo es empoderar, en la oposición más bulliciosa, a un personaje que nunca se ha arrepentido de sus actos y que insiste en su relato de perseguido político. Esto, a pesar de una contundente sentencia de la Corte Suprema, los rechazos del Tribunal Constitucional a sus hábeas corpus y una revisión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que rechazó el golpe de Castillo.

No existe ninguna razón política, humanitaria y menos legal para liberar a Pedro Castillo, pero sí existen razones urgentes para integrar a un país dividido por un Estado corrupto e ineficiente. La presidenta electa, Keiko Fujimori, y los demás líderes políticos deberían poner en el centro a esos ciudadanos, y no a un pillo golpista.

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