Sin ADN financiero, no hay crecimiento empresarial, por Jorge Ochoa Garmendia

Hugo, Paco y Luis son tres amigos de toda la vida. Nacieron con el milenio (generación Z) y la tecnología es parte esencial de sus vidas: consumen redes sociales como TikTok y utilizan plataformas de streaming. Estos entrañables amigos han incorporado también la inteligencia artificial a su día a día para aprender, optimizar su desempeño profesional y encontrar soluciones de vanguardia donde antes no había respuestas posibles.

Con esa misma energía desarrollaron, tras la pandemia, el emprendimiento llamado Health Tech, que optimiza los procesos de telemedicina a través del monitoreo remoto de pacientes, aplicaciones de bienestar y salud, así como herramientas de gestión digital de clínicas y hospitales. Es decir, son unos genios. Pero la sostenibilidad de su negocio no está garantizada.

Su historia no es una excepción. Refleja el desafío que miles de emprendimientos peruanos enfrentan al transformar una buena idea en una empresa capaz de crecer y perdurar. De acuerdo con cifras de la Sunat y el Ministerio de la Producción, el 99,3% de las empresas formales del país son mipymes, donde el 93,8% corresponde a microempresas; el 5,3 % a pequeñas empresas; y el 0,2% a medianas empresas. En tanto, las grandes empresas representan apenas el 0,7% del universo empresarial formal. Si bien las microempresas constituyen la base del tejido empresarial del país, también registran una baja productividad y, según el Ministerio de la Producción, solo aportan el 20% del PBI nacional.

Muchos de estos proyectos encuentran dificultades para escalar y mejorar su productividad, una realidad que evidencia que la innovación y el entusiasmo, por sí solos, no bastan para consolidar un negocio.

El reto, entonces, no radica únicamente en trabajar una idea novedosa o desarrollar un producto atractivo, sino en construir una gestión capaz de sostener el crecimiento en el tiempo. En el dinámico mundo de los negocios actuales, el entusiasmo y las habilidades técnicas y comerciales ya no garantizan trascendencia. El verdadero escalamiento inteligente no es un golpe de suerte, sino el resultado de implantar un ADN financiero riguroso que transforme la audacia del fundador en una estructura de clase mundial.

¿Pero qué significa, en la práctica, desarrollar ese ADN financiero? Más que un concepto, se trata de incorporar hábitos, procesos y criterios de gestión que permitan a la empresa crecer de manera sostenible. Ese ADN se expresa en tres genes fundamentales. El primero consiste en pasar de la contabilidad retrospectiva a la predictiva, es decir, dejar de ver la contabilidad como una obligación tributaria y empezar a usarla como un tablero de control estratégico con presupuestos y proyecciones. El segundo implica priorizar la cultura del flujo de caja sobre la utilidad neta, ya que muchas pymes mueren “ganando dinero” en el papel, pero sin liquidez: la clase mundial se mide en la salud del cash flow. Y el último reside en la institucionalidad y el gobierno corporativo, ya que para atraer inversión, financiamiento barato o socios internacionales, los estados financieros deben ser transparentes, auditables y profesionales.

El camino hacia la clase mundial debe estar al alcance de cada pyme peruana que decida madurar su gestión. Romper el ciclo de la supervivencia requiere audacia, pero, sobre todo, orden. El ADN financiero no es una mordaza para la creatividad del espíritu emprendedor, sino el arnés de seguridad que permite saltar más alto, cruzar fronteras y expandirse sin temor a la caída.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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