El congresista Roberto Sánchez quiere presentarse como un ‘outsider’, como alguien que viene de fuera a enfrentar al sistema. Pero hay un problema: es parte del sistema. No solo es congresista, sino que fue ministro durante todo el gobierno de Castillo y ha sido beneficiario de las propias dinámicas del Congreso que hoy critica. Más que un ‘outsider’, es un ‘insider’ que intenta reescribir su papel en esta historia.
Renunció al Ejecutivo porque no podía, “por principios democráticos”, respaldar el golpe de Castillo del 7 de diciembre del 2022. Pero cuando llegó el momento de votar la vacancia, no votó en contra. Votó en abstención. Una posición que bien puede interpretarse como un “no quiero quemarme”. Ni lo condeno ni lo apoyo.Por eso resulta, digamos, curioso que hoy Sánchez afirme categóricamente que Castillo es víctima de un “secuestro absurdo, injusto e inhumano”, y que debería ser indultado. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿En el Sánchez institucional que renuncia por principios o en el Sánchez que denuncia persecución política?
Pero el problema no es solo su coherencia, sino su relato. Sánchez intenta posicionarse como un ‘outsider’, como un representante del “pueblo” enfrentado a las élites. El inconveniente es que es congresista. Y no de cualquier Congreso, sino de uno con niveles históricos de desaprobación.
Tampoco parece haber sido un ‘outsider’ dentro del propio Parlamento. Cuando en marzo del 2023 se votó su suspensión, 39 congresistas votaron en contra, un resultado bastante más benigno que el de la ex primera ministra Betssy Chávez. ¿Casualidad? Tal vez. ¿O una señal de que Sánchez no es tan ajeno al sistema como pretende?
Si uno revisa cómo votaron las bancadas asociadas al llamado “pacto” congresal –Fuerza Popular, Perú Libre, Acción Popular, APP, entre otros– aparece un patrón sugerente: muchos votos en contra y algunas abstenciones que, en la práctica, contribuyeron a salvarlo. No exactamente el destino típico de un ‘outsider’ incómodo para el sistema.
El retrato es, por tanto, bastante claro: Sánchez no es un recién llegado que irrumpe contra el establishment. Es, más bien, parte de él. Un ‘insider’ que ahora intenta reinventarse como rebelde.
Y aquí entra el segundo acto: su transformación en imitador de Castillo. Porque lo que estamos viendo no es exactamente una propuesta nueva, sino una reinterpretación –o, si se quiere, una versión tributo– del castillismo. Una suerte de ‘remake’ político, con menos espontaneidad y más cálculo.
En sus mítines, Sánchez reproduce el tono, el discurso y la narrativa de Castillo: pueblo versus élites, Lima versus regiones, sistema versus oprimidos. La diferencia es que Castillo, con todos sus problemas, sí era un ‘outsider’ real. Sánchez, en cambio, es un congresista en funciones que intenta parecerlo.
Su crecimiento en encuestas no es inexplicable. Se apoya en un electorado fuera de Lima, en un discurso que conecta con el malestar existente y en una narrativa que busca convertir al castillismo en un proyecto político más estructurado. Después de todo, ese bolsón de votos sigue ahí.
Sus propuestas, además, no son nuevas: asamblea constituyente, revisión de concesiones, uso de reservas internacionales, banca de fomento, revolución agraria. Es decir, el menú clásico del populismo económico, ahora servido con un nuevo vocero.
Pero hay un detalle que no es menor: el Perú de hoy no es el del 2021. No hay pandemia, no hay el mismo nivel de indignación acumulada y el mapa ideológico ha cambiado. Si antes casi 40% se identificaba con la izquierda, hoy más del 40% se identifica con la derecha.
En ese contexto, la pregunta es si el país quiere un imitador. Porque si algo queda claro es que Sánchez no es Castillo. Y tampoco es un ‘outsider’. Es, más bien, un ‘insider’ que intenta actuar como si no lo fuera. Y en política, las imitaciones –sobre todo las evidentes– rara vez logran el impacto del original.













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