El 5 de junio del 2026, Roberto Sánchez lo dijo sin titubear: “Como hombre demócrata, aceptaré los resultados. Me comprometo ante el país”. Ayer, 18 días después, con el 99,71% de las actas escrutadas y más de 40 mil votos de diferencia en su contra, ese mismo hombre anunció que no reconocerá un eventual gobierno de Keiko Fujimori. La promesa duró exactamente lo que tardó en perder.
La maniobra tiene un guion conocido. Pedro Castillo también invocó la democracia cuando le convenía y terminó dando un golpe de Estado que lo llevó a la cárcel. Sánchez fue su ministro, su candidato, heredó su sombrero y, al parecer, heredó también su manual de crisis: negar la realidad, acusar a las instituciones y trasladar la disputa a las calles. Falso demócrata, igual que su mentor.
Lo concreto es esto: Sánchez pide anular los votos de cerca de 300 mil peruanos que sufragaron legalmente desde el exterior, donde Keiko Fujimori ganó con amplitud. No presenta actas adulteradas, no exhibe peritajes, no cita a ningún observador internacional que haya avalado su denuncia de “fraude en desarrollo”. La frase está diseñada para sonar grave sin tener que probarse. Acusar sin demostrar no es defender el voto, es anular aquel que no le favorece.
Aquí cabe interpelar a todos aquellos que suscribieron el acuerdo “Líderes políticos por la gobernabilidad y recuperación de la democracia” en apoyo del candidato de Juntos por el Perú. ¿Contemplaba ese pacto el derecho a desconocer una elección cuando el resultado no es favorable? Sería bueno que respondieran, porque su silencio los convierte en cómplices de lo que ahora ocurre.Nadie le niega a Sánchez el derecho de agotar las vías legales que correspondan ante el JNE. Pero anunciar desde ya que no reconocerá al gobierno que resulte de esa proclamación, convocar marchas bajo la consigna de la resistencia y acusar de fraude a la ONPE y al Ministerio de Relaciones Exteriores sin un solo documento que lo respalde es buscar patear el tablero como lo hizo Pedro Castillo en diciembre del 2022.
La democracia no es un discurso que se enarbola como un traje que uno se pone cuando va ganando. O se lleva siempre, con todas sus incomodidades, o no se lleva en absoluto. Conviene que Sánchez lo sepa y quienes lo apoyaron se lo recuerden, de lo contrario no es más que un falso demócrata que intentó engañar con fingidas convicciones a sus electores de la segunda vuelta.












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