Roberto Sánchez no solo se siente seguro de su paso a la segunda vuelta, sino que, al parecer, está convencido de que la ganará. Asistido por esa certidumbre, ha comenzado a barajar nombres para algunas carteras y se ha internado en elaboraciones teóricas que retan el pensamiento aristotélico. Como cuando dice: “nosotros no queremos crecimiento económico, queremos desarrollo humano”. Lo segundo, como se sabe, es imposible sin lo primero. Pero el candidato de Juntos por el Perú (JP) daría la impresión de tener una receta alternativa para lograrlo. Buena suerte con eso.
Ilustración: Composición GEC
Lo verdaderamente inquietante, sin embargo, es el ‘casting’ ministerial al que aludíamos antes. Se diría que el hombre ha estado de safari por casas de reposo y frenopáticos locales, y ha emergido de la experiencia con algunas propuestas de cuidado. Al exfiscal José Domingo Pérez, por ejemplo, lo está promocionando como carta fuerte para impulsar la “reforma integral del sistema de justicia”. Y con respecto al cabecilla del sanguinario ‘Andahuaylazo’ ha adelantado: “La lucha contra el crimen estará en manos de nuestro mayor, el compatriota Antauro Humala”. El Tío Lucas, se rumorea, estuvo también en el bolo, pero, como no es peruano, fue finalmente descartado. Concentrémonos, en consecuencia, en los fulanos que Sánchez perfila para asumir Justicia e Interior en un hipotético gobierno suyo.
Recordado por lo sañudo e incompetente de su actuación en el “Caso Cocteles”, Pérez ha tenido recientemente declaraciones que dejan poco margen de duda sobre su cuadro. Acerca de Pedro Castillo ha afirmado que “fue sentenciado por leer una proclama de lo que creía era correcto para el pueblo”; y acerca de sí mismo, que no tiene “ninguna incompatibilidad para ejercer cargo público”. Está, como se ve, peor de lo que temíamos. Su talante alunado, no obstante, palidece junto al del mayor majareta o, si que quiere, el majareta mayor: Antauro Humala, jactancioso criminal que carga sobre sus hombros la muerte de cuatro policías.
Condenado por homicidio y rebelión a 19 años de prisión (de los que solo cumplió 17), el mandamás del etnocacerismo, en efecto, jamás ha mostrado arrepentimiento por el episodio apurimeño que lo hizo tristemente famoso. Por el contrario, lo ha calificado con insistencia de “gesta heroica” y “rebelión legítima”. No es ese, además, su único brote digno de diagnóstico. Sus amenazas de fusilar expresidentes, despojar de derechos a los ciudadanos que no calcen con su idea de la “raza cobriza” y recuperar Arica y Tarapacá “por la vía armada” lo pintan también como un sujeto que debería dormir en un cuarto de paredes acolchadas y al que habría que mantener lejos del poder… Y, sin embargo, Roberto Sánchez no tiene empacho en apadrinarlo. Aparte del meridiano anuncio sobre el rol que, a propósito de la “lucha contra el crimen”, le tocaría en una administración suya, el candidato de JP no se ha ahorrado gestos de respaldo a sus atrocidades. Hace poco más de un año, por citar solo un caso, asistió a una “ceremonia” por los 20 años del ‘Andahuaylazo’ y en un vibrante discurso llamó al intento de golpe que terminó en asesinato, “acción política” y “gesta de rebeldía”. En estos días, tras la divulgación de las imágenes de tan vil celebración, Sánchez ha tratado de maquillar su cercanía a Humala, recurriendo a figuras de ingenio para las que no está muy dotado. El éxito, en esa medida, le ha sido esquivo y para todos ha quedado claro que, de llegar a Palacio, realmente tendría la descabellada intención de colocar a Domingo Pérez en Justicia y a Antauro en Interior. En fin, como dicen, cada loco con su tema.












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