Hay decisiones trascendentales en la vida, que a veces castigamos con la pereza. Y en el Perú, votar suele ser una de ellas. Y no necesariamente porque no importe, sino porque procrastinamos el momento de decidir.
Tengo hace tiempo una hipótesis tan incómoda como plausible: los peruanos elegimos a nuestros candidatos –a la presidencia y ahora también al Congreso bicameral– en las últimas semanas del proceso electoral. No antes. No durante la campaña larga. No mientras los carteles sonríen desde las avenidas. Sino al final, cuando el reloj aprieta y la indecisión deja de ser una postura y se convierte en urgencia.
Los datos parecen confirmar esta intuición. Una encuesta de Datum señala que cerca del 40% de los peruanos definirá su voto después de ver a los 36 aspirantes presidenciales desempeñarse en los debates. Es decir, estamos esperando el momento en que el floro se convierte –con suerte– en algo más cercano a la evidencia. Un deporte nacional: escuchar promesas con el ceño fruncido y tratar de distinguir entre el candidato preparado y el improvisado con buena dicción.
Pero no es el único criterio. En paralelo, hay otro termómetro menos visible, pero igual de influyente: la conversación cotidiana. Lo que dice el amigo, lo que comenta la familia, lo que circula en ese grupo de WhatsApp donde conviven memes, audios alarmistas y uno que otro intento serio de análisis. Este fenómeno es especialmente relevante entre los jóvenes de 18 a 29 años, para quienes la validación social no es un accesorio, sino parte del proceso de decisión. No solo votamos por lo que pensamos, sino también por lo que compartimos.
Y, sin embargo, hay una constante que resiste al cinismo: incluso en medio de la frustración, seguimos buscando algo bastante básico y, a la vez, escaso. Según Arellano Consultoría, nos interesa encontrar candidatos honestos, sin antecedentes de corrupción. No es una aspiración sofisticada. Es una línea de base que, en el Perú, se ha vuelto casi aspiracional y urgente.
En ese contexto –entre el apuro de último minuto, el ruido social y la búsqueda de decencia– hace ya un tiempo me involucré activamente con una apuesta por la innovación ciudadana. La culminación de esa apuesta tuvo su momento culminante el martes 17, cuando vio la luz la plataforma “Revisa tu candidato” (RTC), un proyecto que lidero junto a un consorcio de instituciones –Transparencia, IPYS, Proética, Empresarios por la Integridad e IPAE, con el apoyo de la Cooperación Suiza y Alemania– y que busca algo bastante simple de decir y complejo de ejecutar: que votemos mejor y con información. El RTC no es solo una herramienta tecnológica; es una infraestructura de confianza. Hemos integrado más de veinte bases de datos públicas para ofrecer, en un solo lugar, información verificable sobre cerca de 9.000 candidatos. Educación, trayectoria, contrataciones con el Estado, sanciones, deudas, sentencias. El currículum completo, sin filtros ni maquillaje.
Y como toda innovación bien pensada, entendimos que la batalla también es por la atención. Por eso, no vive solo en una web, sino en el ecosistema cotidiano: puede consultarse incluso desde Yape. La información dejó de ser un privilegio para convertirse en algo portable, simple y, sobre todo, compartible en tiempo real.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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