En estos días el Perú ha vuelto a quedarse sin sombra. Los astrónomos lo anunciaron con precisión: el fenómeno comenzó en Tacna y fue avanzando hacia el norte, como si el sol recorriera el país de abajo hacia arriba. Durante unos minutos, al mediodía, los postes, los cuerpos, cualquier cosa erguida, dejaron de proyectar esa mancha oscura que nos acompaña siempre.
No es un prodigio ni una advertencia divina: es el paso cenital. Pero cuesta no recordar lo que ese mismo sol –Inti– significaba para los incas: orden, calendario, cosecha, vida. Cuando el astro cae y no hay sombra posible, todo queda expuesto. La claridad, tan breve y tan exacta, inquieta porque obliga a mirar sin refugios.
En política, las sombras también desaparecen: cambian de lugar.
El escándalo alrededor de La Casa del Padre, el albergue vinculado a la congresista Milagros Jáuregui, no surgió de la nada. Fue ella quien decidió exhibir públicamente a niñas violadas que habían sido obligadas a continuar con sus embarazos, como argumento en favor de su agenda “provida”. Después llegaron los cuestionamientos, las explicaciones. Y, enseguida, lo inevitable: la guerra.
Porque aquí no hay solo indignación moral. Hay cálculo.
Renovación Popular y Fuerza Popular no disputan el alma del país. Disputan el mismo electorado. El votante conservador, el que escucha con simpatía la prédica de los “valores”, el que cree que la política debe parecerse a un púlpito. Cuando dos partidos compiten por la misma fe, la hostilidad no es un accidente: es una consecuencia.
Las encuestas muestran a Renovación Popular con ventaja, pero para Fuerza Popular la partida no está cerrada. Con el riesgo de que un candidato avance por la izquierda, cada punto porcentual se vuelve decisivo. No se trata de abrazarse en nombre de una afinidad ideológica. Se trata de asegurar el pase a la segunda vuelta. Y para eso se marca distancia, se exhiben contradicciones o se deja que el adversario cargue con un escándalo incómodo. La convicción en el discurso. El cálculo en la estrategia.
En medio de esta pugna también cayó José Jerí con sus escándalos a cuestas. Su permanencia se volvió otro campo de batalla. Renovación Popular exigió su salida y consiguió imponerla; Fuerza Popular se opuso y perdió. Otro mensaje hacia adentro y hacia afuera: quién manda en el espacio conservador, quién fija el ritmo, quién decide cuándo alguien se convierte en costo político.
Lo relevante no es que se enfrenten. Lo relevante es por qué lo hacen.
En los últimos años, el discurso religioso –en particular el evangélico– ha ganado espacio en la política. No es una impresión: el crecimiento de iglesias evangélicas ha tenido correlato electoral en varios países de la región. En el Congreso abundan los parlamentarios que legislan desde esa convicción. En campaña, la palabra “vida” se pronuncia con solemnidad selectiva. Y cuando un caso como el del albergue o el de Jerí irrumpen, la disputa no es solo ética: es por la representación de esa agenda ante un electorado que la considera central.
¿Busca Keiko Fujimori erosionar a Rafael López Aliaga para disputarle el liderazgo del bloque? Naturalmente. ¿Es extraño? No. La política consiste en ocupar espacio y defenderlo. Lo inusual sería que dos fuerzas que compiten por el mismo territorio electoral actuaran como aliadas permanentes.
El país observa esta pugna entre dos derechas que se parecen más de lo que admiten. Una acusa. La otra resiste. Ambas prometen orden. Ambas hablan en nombre de valores. Y ambas saben que el combate real es aritmético: quién logra pasar a la segunda vuelta y con qué margen.
Los días sin sombra duran apenas unos minutos. En política, la claridad es todavía más fugaz. Bajo ese sol vertical que no deja refugio, lo que se revela no es pureza ideológica. Es competencia desnuda por el poder. Y conforme se acerquen las elecciones, la luz será más dura y las sombras menos largas.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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