Hace apenas unas semanas, Erling Haaland era, para los peruanos más futboleros, un extraordinario delantero noruego. Hoy también es un nombre inscrito en cientos de partidas de nacimiento. Más de 500 familias decidieron bautizar así a sus hijos en las últimas semanas. ¿Demasiada euforia futbolera? Tal vez. ¿Un fenómeno digno de estudio? Definitivamente.
Haaland ha sido una de las grandes figuras del Mundial 2026, y ya se ha quedado grabado en la memoria colectiva gracias a su eficacia casi matemática que le ha valido comparaciones con un androide. Pero su verdadero talento quizá sea otro: construir una marca personal que trasciende el fútbol. Y es que en la era de las redes sociales, los goles duran segundos, pero las historias que contamos alrededor de ellos y sobre quienes los anotan permanecen mucho más tiempo. Casi eternamente.
Lo que usted no sabe es que el impacto de Haaland en los peruanos puede entenderse desde una de las teorías más conocidas sobre innovación: la difusión de innovaciones, propuesta por Everett Rogers. Su planteamiento es simple. Las novedades no conquistan a todos al mismo tiempo. Primero aparecen los innovadores, luego los primeros adoptadores, después las mayorías tempranas y, finalmente, siempre habrá un grupo resistente al cambio; son los rezagados.
Las ideas, igual que las modas, también recorren esa ruta. Pensemos en los relojes inteligentes, al principio parecían un capricho tecnológico, y luego comenzaron a aparecer en la oficina, en el gimnasio y hasta en la mesa familiar. De pronto, la conversación dejó de ser “¿para qué sirven?” y pasó a convertirse en “¿cómo hacía antes sin uno?”. Lo que cambia no es solamente la percepción del producto; también cambia la percepción colectiva de lo que resulta normal, familiar, deseable por efecto del producto –nuevo–.
Con Haaland sucede algo parecido. No estamos adoptando un dispositivo, sino un símbolo. Su nombre ha representado para muchos disciplina, éxito, fortaleza y una vida cotidiana que millones han seguido durante semanas, pese a la distancia cultural y geográfica. Y es que, cuando suficientes personas abrazan la narrativa, la decisión deja de parecer extravagante y empieza a sentirse perfectamente razonable.
Así funciona la difusión de una innovación: la influencia social termina reduciendo la incertidumbre. Quizás eso explique algo más profundo sobre el Perú. Solemos decir que desconfiamos de los cambios, pero la evidencia cotidiana sugiere lo contrario. Cuando una novedad demuestra ventajas, es visible, sencilla de comprender y compatible con nuestra cultura, la adoptamos con sorprendente rapidez.
Ojalá el próximo gobierno de Keiko Fujimori tome nota. Pues mucho de lo que la ciudadanía espera respecto de mejores servicios públicos es también un asunto de innovación pública. Si un delantero vikingo consiguió entrar al registro civil peruano, quizá digitalizar al Estado Peruano dependa menos de la tecnología y mucho más de entender cómo se difunden las buenas ideas.











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