Termino con algunas conclusiones iniciales de lo que hemos aprendido de los resultados, aún no completos, de las elecciones del pasado 12 de abril.
Muy impresionantes los datos de Fuerza Popular. Alrededor de un 30% más de votos emitidos que en el 2021; aunque con mayor presencia en la costa, el norte y el oriente, muestra una distribución bastante homogénea en términos socioeconómicos, incluso mayor que hace cinco años. Esa mejor distribución territorial explica la sobrerrepresentación que alcanzará en el Parlamento: de un 18% de congresistas en el 2021, alcanzará un 30% de los diputados. Después de impulsar una confrontación bastante gratuita en el Congreso 2016-2019, y de una suerte de “gobierno desde el Legislativo” desde el 2023, como parte de un Congreso tremendamente desprestigiado, se esperaba un declive en su votación. El hecho de que sus detenciones y paso por prisión (entre octubre del 2018 y abril del 2020) terminaran con la anulación del Caso Cocteles y la caída de las acusaciones de lavado de activos en octubre del 2025; sumado a su divorcio en junio del 2022, y enfrentar la muerte de su padre en setiembre del 2024, ayudaron a humanizar su imagen.
Sin embargo, dentro de Fuerza Popular existen tensiones, contradicciones no resueltas, y un serio problema de identidad política. Hoy Fuerza Popular no es el garante de las reformas orientadas al mercado de la década de los años noventa, habiendo involucionado hacia posturas populistas que antes criticaba, y tampoco es representante de los sectores más conservadores y extremistas de la derecha. Definir una identidad es clave no solo para enfrentar la campaña de la segunda vuelta, sino sobre todo para poder gobernar.
Del lado de Juntos por el Perú, parece claro que, al igual que a Perú Libre en el 2021, les fue inesperadamente bien. Sánchez siguió una estrategia de construcción partidaria sobre la base de articular núcleos “duros” de la izquierda, reuniendo a las redes de Pedro Castillo, al etnocacerismo y otros, distinguiéndose al mismo tiempo de propuestas más “progresistas” como las de Ahora Nación, o Nuevo Perú (Venceremos) y marcando distancias con Perú Libre. Sin poder lograr las candidaturas presidenciales de Pedro Castillo o de Antauro Humala, la de Roberto Sánchez resultaba el plan C; diríase que pasar la valla electoral habría sido un premio más que suficiente, pero ahora enfrenta el desafío real de ser gobierno. Como ya hemos dicho antes aquí, los retos son enormes y de otra naturaleza, para no repetir la experiencia de 2021-2022.
También llama la atención Renovación Popular. López Aliaga obtuvo también más votos que en el 2021, a pesar de su cuestionable gestión en la Municipalidad de Lima; su gran reto era lograr una votación nacional, y salir de una identificación con los sectores socioeconómicamente más altos, pero no lo logró. Su desempeño político de las últimas semanas lo desacredita como una opción democrática, incluso para sectores que se identifican con la derecha.
En el futuro Congreso, las posturas que asuman bancadas minoritarias como las del Partido del Buen Gobierno, Obras y Ahora Nación serán decisivas. Los tres son fruto del mérito de construir pequeñas organizaciones, pero también de su fragilidad al vaivén de los movimientos de las redes sociales y de las contingencias de las campañas. En este sentido, Ahora Nación parece tener mayor consistencia, que esperemos pueda consolidar.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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