La tragedia ocurrida en Venezuela debería ser un llamado de atención para el Perú. Los desastres naturales no siempre avisan. Terremotos y tsunamis ocurren sin previo aviso. Pero otros sí son previsibles y, precisamente por eso, resultan aún más graves cuando nos encuentran desprevenidos.
Aunque la costa atraviesa un invierno inusualmente cálido, las heladas ya comenzaron a golpear la sierra sur. En los últimos días las temperaturas descendieron hasta -22°C en Chuapalca (Tacna), -19°C en Patahuasi (Arequipa) y -17,6°C en Pisacoma (Puno). Según el Cenepred, cerca de 637.000 personas en Puno, Cusco y Arequipa se encuentran expuestas a un riesgo muy alto por el descenso extremo de las temperaturas nocturnas.
Nada de esto es una sorpresa. El Perú cuenta con mapas de ocurrencia de heladas desde 1984 y registros de temperaturas mínimas desde 1981. Sabemos dónde ocurren, cuándo ocurren y quiénes serán los más afectados. Sin embargo, cada año cientos de niños y adultos mayores mueren. Y no por el frío. Mueren por las complicaciones derivadas de infecciones respiratorias, favorecidas por la pobreza, la desnutrición, la anemia, viviendas precarias y un acceso insuficiente a servicios de salud oportunos y de calidad.
El Estado conoce también esos factores de riesgo. Existe un Plan Multisectorial ante Heladas y Friaje que identifica distritos prioritarios y coordina acciones entre los sectores de salud, vivienda, agricultura, educación, desarrollo e inclusión social y mujer. En el papel, el diagnóstico es correcto, pero en la realidad no funciona porque todos los años la ayuda no llega a tiempo y el resultado vuelve a ser el mismo: muertes que pudieron evitarse.
La respuesta no pasa por repartir frazadas cuando las temperaturas ya cayeron. Requiere una estrategia sostenida de desarrollo para las zonas más vulnerables: mejores viviendas, infraestructura básica, nutrición, servicios de salud y oportunidades económicas. Con los más de S/20.000 millones que el Estado ha destinado a Petro-Perú podrían haberse financiado miles de viviendas adecuadas para soportar las heladas. Porque el frío no mata por sí solo. Matan la pobreza, el abandono y la incapacidad del Estado para proteger a quienes más lo necesitan.
Y las heladas no son el único desafío. Desde hace meses conocemos la probabilidad de un nuevo El Niño costero y de un evento asociado a El Niño. Son fenómenos recurrentes. También previsibles. Sin embargo, seguimos reaccionando como si fueran inesperados. De acuerdo con Videnza Instituto, el programa presupuestal de Reducción de la Vulnerabilidad y Atención de Emergencias por Desastres recibe, desde el 2014, uno de los mayores presupuestos por habitante de la región. El problema es que el 93% de esos recursos se destina a gasto corriente (administración y remuneraciones), mientras apenas el 7% financia obras de prevención. Una asignación difícil de justificar.
La situación es aún más indignante si recordamos que, nueve años después de El Niño costero del 2017, más de 200 obras de la Reconstrucción con Cambios, valorizadas en más de S/10.000 millones, permanecen paralizadas. La naturaleza no puede evitarse. La negligencia, sí.
Keiko Fujimori tiene dos enormes desafíos por delante. Y mientras más recursos legales presente Roberto Sánchez y más se demore el JNE en proclamar oficialmente a la presidenta electa, menos tiempo tendrán los equipos de transición para prepararse frente a riesgos que, una vez más, todos sabemos que vienen.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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