Con el conteo de votos de la ONPE en poco más del 93%, resta definir quién enfrentará a Keiko Fujimori (Fuerza Popular) en la segunda vuelta de las elecciones generales. Lo que sí está claro es que tanto Ricardo Belmont (Obras) como Carlos Álvarez (País para Todos) –dos candidatos que en algún momento de la campaña entusiasmaron a un nada desdeñable porcentaje de electores– han quedado matemáticamente fuera del balotaje. Y con ellos, una larga lista de aspirantes: George Forsyth, Carlos Espá y varios más, de los cuales la gran mayoría parece encaminada a desaparecer del escenario político sin mayor rastro.
La constatación de esta realidad motivó en días recientes sendos mensajes de dichos candidatos que sugerían que se apartarían de la política nacional. En el caso de Álvarez, el asunto fue particularmente llamativo: apenas cerradas las urnas, publicó un video imitando al jefe de la ONPE, como si los resultados de una elección que mantiene al país en vilo fuesen material para el humor. Previamente había agradecido a sus votantes afirmando: “Seguiré al lado de ustedes, no como político, pero sí como la persona que estará allí luchando contra la delincuencia, denunciando lo que tengamos que denunciar” –frase que dio a entender a muchos que abandonaba la política activa–, para luego salir a desmentirse: “Yo no huyo ni soy cobarde”. En el caso de Belmont, su mensaje fue más directo: “Yo me voy, como dije, es mi última batalla, me voy tranquilo, ya terminó mi pelea”. En este caso, la noticia es bienvenida: su salida definitiva de la vida política peruana es, sencillamente, un buen augurio para el país. Aunque el partido Obras se apresuró a desmentirlo y asegurar que su “líder” seguirá “haciendo política en el Perú”.
Lo ocurrido alrededor de los mensajes de Álvarez y Belmont —y la conducta de tantos otros candidatos que participaron de esta elección sabiendo que no tenían posibilidad real de ganar— es sintomático de un problema que arrastra la política peruana desde hace ya algunos años: candidatos que en campaña piden a los ciudadanos que voten por ellos y por sus listas parlamentarias, y que, una vez derrotados, se desentienden por completo del partido y de la bancada que contribuyeron a instalar en el Congreso. Muchos de estos postulantes fueron, en los hechos, meros aventureros electorales cuya única contribución fue fragmentar un voto que ahora tiene al país en vilo. Uno de estos casos fue el del condenado expresidente Martín Vizcarra (que dejó Somos Perú para formar su propio partido), pero hay muchos otros antecedentes que podríamos citar aquí.
Si queremos reformar la manera como se hace política en el Perú, necesitamos más políticos y menos candidatos; esto es, líderes que entiendan que su responsabilidad con los ciudadanos no acaba cuando se cierran las urnas, sino que empieza justamente allí. Y que sean capaces de construir un liderazgo más allá de una campaña en concreto.
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