Palabras que hieren, palabras que sanan, por Carmen McEvoy

En un planeta inmerso en la violencia, cuya expresión es la guerra que, en su mortífero avance, se lleva todo por delante, vale la pena reflexionar sobre el inmenso poder de las palabras, tanto para herir como para sanar y señalar el camino hacia la liberación personal y colectiva. Se ha mencionado en reiteradas oportunidades que, a través de la poesía, el ‘storytelling’ o cualquier otro tipo de comunicación honesta, el lenguaje transforma –e, incluso, dota de sentido– a la frágil existencia humana. Para Úrsula Le Guin, notable escritora de ficción y defensora de los derechos de las mujeres, “las palabras son eventos”, porque ellas no solo “crean” o “cambian las cosas”, sino que, incluso, exhiben una enorme capacidad de alterar la dinámica de las relaciones humanas. En su ensayo titulado “Las instrucciones de uso”, Le Guin advierte que debemos aprender a “inventar una vida” porque, si ello no ocurre, terminaremos controlados por las invenciones ajenas. En una etapa donde, siguiendo el argumento de Le Guin, todos quieren definirnos y, por razones netamente comerciales o políticas, tramposamente manipularnos, volver a los guías que imaginaron, antes que nosotros, la vida y sus múltiples dilemas, es la verdadera prioridad. Ciertamente, autores como Séneca y Marco Aurelio, entre otros, se eternizan en sus libros, para darnos testimonio de la capacidad humana de resistir la adversidad.

Pensé mucho en Le Guin al ver hace unos días a Edward Norton recitando uno de los magníficos poemas de Walt Whitman. Sin necesidad de mencionar al presidente que está llevando a los Estados Unidos al camino del descrédito mundial y de la ruina política y moral, el genial actor, que dio vida a una serie de personajes inolvidables, convocó al grandísimo autor de “Hojas de Hierba”. Y, mientras repetía sus poderosas palabras, les recordó a millones de sus compatriotas que existe una tradición literaria que trasciende la crueldad, la mezquindad, el maltrato cotidiano y, lo que es aún más grave, la falta de humanidad. Heredé de mi papá una colección de los poemas de Whitman y fue ese recuerdo de lecturas compartidas lo que me llevó a prestar especial atención al hermoso ritual cívico propiciado por Norton. La lectura de “Crossing Brooklyn Ferry”, del poeta nativo de Nueva York, le permitió actualizar, en estos momentos de prueba para la democracia estadounidense, temas como la conexión a través del tiempo y la distancia, lo sublime que emana de lo cotidiano, el flujo de la vida que, sin embargo, puede detenerse en una puesta de sol y, lo más importante, la existencia de esos “remiendos negros” que es donde, de acuerdo con Whitman, sobrevive la perfidia, el engaño y la maldad que no deja de seducir.

Tal como muchos de ustedes, no soporto ver a los candidatos insultándose sin proponer nada concreto para una república en la cual todos los días mueren compatriotas camino a ganarse la vida. Mientras ello ocurre, la irresponsabilidad y la frivolidad cunden, incluso, de la mano de los moralistas de turno, quienes pretenden dar lecciones de virtud en medio de una fiesta caníbal que no dudan en apoyar. En ese contexto, recordé al historiador Raúl Porras Barrenechea, que hace poco estuvo de cumpleaños. Porras fue canciller de la República y presidente del Senado, pero, por sobre todo, fue un “peregrino del Perú”: tierra de contrastes y síntesis, “asilo del dolor”, como bien lo llamó, en el que la historia asomaba como “una hazaña para defender los signos divisionistas” que desde siempre nos agobian. En un homenaje póstumo, su discípulo Pablo Macera compartió la frase repetida muchas veces por el autor de “Los ideólogos de la emancipación”: “El Perú no tendría otro destino que el conocimiento de sí mismo”.

Ciertamente, hacer del Perú “una tierra de amor y libertad” demanda vencer el servilismo, la ausencia de virtud republicana, el odio a la inteligencia, pero, sobre todo, “la falta clamorosa de caridad civil”. El credo de Porras, que fue republicano en todos los sentidos, apostó por el diálogo y la capacidad de escucharnos. Era desde “la tolerancia de espíritu” de donde surgiría la democracia y la cultura que, finalmente, dignificaría al Perú. Resulta obvio que la batalla campal que estamos presenciando dista muchísimo de lo que propuso el autor del bellísimo “Oro y leyenda del Perú”. Y justamente porque nuestro futuro, para qué engañarnos, es de pronóstico reservado, abracemos mentalmente a los constructores del Perú que, como el caso de Whitman en los Estados Unidos, pueden ayudarnos a reimaginarnos, mientras transitamos los tiempos azarosos y crueles que tenemos al frente.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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