¡No basta con estar informados y opinar… involucrémonos más!, por Luis Antonio La Rosa Airaldi

¿Cuántos de ustedes, que están leyendo esta nota, estarían realmente dispuestos a sacrificar su estabilidad laboral, tranquilidad emocional, tiempo con sus familias y hasta su reputación para involucrarse directamente con la gestión pública, con el monstruo del Estado o con la vida política del país? Una cosa es estar sentados en las butacas del teatro como espectadores y otra, muy diferente, es formar parte del elenco y actuar en el escenario, incluso tras bambalinas, pero en el campo de acción a fin de cuentas.

Conforme he crecido y madurado, reconozco más la importancia y la utilidad que tiene para todo lo que hacemos (desde el ámbito cotidiano, personal, familiar, profesional, empresarial, etc.) conocer la organización y el funcionamiento del Estado, las competencias de las diversas entidades que conforman la Administración Pública, la separación de poderes y sus contrapesos, el marco constitucional que nos rige, y lo que puede y no puede hacer el Congreso y el Ejecutivo, entre otros aspectos que inciden en nuestra diaria convivencia. No olvidemos que, si bien la política de por sí, aisladamente, no impacta ni mejora nuestra calidad de vida, es una herramienta indispensable para maniobrar una gestión pública efectiva, la cual sí da forma a la infraestructura y a los servicios que necesitamos. Por ejemplo, tener buenos gestores en los ministerios ejecutores, con un Congreso que obstruye y no deja trabajar, restringe y ralentiza, sin duda, el desempeño, la capacidad de acción y los resultados de las funciones de los primeros. La política y la gestión pública son dos conceptos distintos, pero que van entrelazados, pues la segunda fluye y se implementa mejor con sintonía política de por medio.

Lo que asumimos como nuestro plano más privado no puede correr por cuerda separada ni ser ajeno a la faena política del país, a las múltiples manifestaciones del aparato estatal y al componente de gestión pública que es el brazo ejecutor, el que finalmente viabiliza y materializa la infraestructura y los servicios que deben cubrir las necesidades y mejorar la calidad de vida de la población. Queramos o no, necesitamos del Estado. La pandemia fue prueba contundente de ello. Aun con sus claras deficiencias y limitaciones, atravesar esta difícil y desafiante coyuntura sin el acompañamiento, guía y presencia del Estado, seguramente hubiese sido mucho peor de lo que fue. Solos no podíamos; nos guste o no, lo necesitábamos cerca. Pero no confundamos, esto no quiere decir que el Estado deba ni pueda inmiscuirse, regular e intervenir en aquellos espacios que, de plano, no le competen. Bajo un paraguas de libertades individuales y económicas —del que soy un firme creyente—, el sector privado está en mejor capacidad para hacer empresa, ejecutar inversiones, generar valor y rentabilizar socialmente las ventajas de la economía de mercado y de la libre oferta y demanda, con pleno respeto de los derechos individuales, la propiedad privada y la libre competencia, siempre que no se menoscabe el interés general, porque somos una sola nación y aquí todos contamos, sin excepción. ¡Enhorabuena si la conducta privada suple con destreza las incompetencias, vacíos y trampas burocráticas del Estado; si la satisfacción del interés individual suma al interés común y a la prosperidad colectiva!

Hoy en día no cabe la excusa de la desinformación. El acceso inmediato a ingentes fuentes de noticias nos permite estar informados a todo nivel, hacia adentro y hacia afuera. Es clave estar actualizados continuamente, pues lo que pasa en el país y el mundo, de alguna manera, impacta e influye en nuestro diario vivir. Sin embargo, el mensaje aquí es que no podemos limitarnos a estar sentados en butacas de espectadores; tenemos que entrar en escena si queremos auténticamente trabajar en un cambio estructural, por más mínimo e imperceptible que nos pueda parecer este aporte. No basta cumplir con pagar los impuestos que nos apliquen, estar informados o ver pódcasts y tiktoks que compartimos rutinariamente con los amigos y la familia. Aquí no se agota nuestro accionar y responsabilidad como ciudadanos. Así, solo seguimos perdiendo tiempo y manteniendo un estado de aletargamiento. Si queremos romper de una buena vez con esta inercia viciosa, ponzoñosa y deplorable de ilegalidad, deslealtad, egoísmo, incompetencia, corrupción, improvisación, mediocridad, inacción y oportunismo, necesariamente tenemos que participar e involucrarnos más activa y directamente en estos frentes y dejar de navegar estas aguas con la bandera teñida de hartazgo e individualismo y, peor aún, de conformismo.

Sinceramente, no veo otra forma de ir generando cambios, aunque sea de a pocos, pero progresiva y sostenidamente. Todos sabemos que el país, estructuralmente, a nivel de infraestructura y servicios, está limitadísimo —por decir lo menos—, aun cuando tenemos un Estado que se dice de derecho y evidencias de estabilidad fiscal y monetaria, crecimiento económico, reducción de pobreza y flujos de inversión generadores de empleo, entre otros. Lo cierto es que seguimos estancados, disconformes y desconfiados; no avanzamos y el tiempo sigue pasando sin que haya forma de recuperarlo. La expresión de hastío por diferentes medios nos podrá desfogar, sí, pero no cambia las cosas.

Ojo, que aquí también aplica la frase de que “justos pagan por pecadores”. En el pasado, he tenido la oportunidad de estar de ese otro lado e involucrarme de cerca con algunos espacios de gestión pública —una experiencia muy valiosa y gratificante, por cierto, que no estuvo exenta de sacrificios—. En ese camino, he conocido y trabajado con profesionales capacitados, bien intencionados, honestos, con auténtica vocación de servicio y firme compromiso con el país, pero son la minoría y no podemos dejarlos solos en la cancha. Así no juega Perú. Está fuera de discusión el tremendo rechazo y nivel de desconfianza acumulado hacia nuestras autoridades e instituciones. Razones y evidencias tenemos de sobra. Todos nos quejamos de la clase política, juzgamos y opinamos muy negativamente del sector público y de quienes lo integran, y ni qué decir del Estado, al que vemos como un ente precario, torpe y desalentador; pero ¿qué estamos haciendo para cambiar esta percepción? Si no nos involucramos de una u otra forma, ¿de qué nos quejamos?

¿Por qué tendríamos que asumir que, mientras nos limitamos a seguir construyendo nuestro propio rumbo, pagar impuestos, estar informados y opinar, el comportamiento estatal, la escena política y la gestión pública deben estar conducidos por una clase dirigencial intachable, por personas sensatas, inteligentes, calificadas, competentes, probas y ágiles que estén alineadas a nuestras filosofías, expectativas, líneas de conducta y valores? Por supuesto que tenemos muy buenos servidores con ese perfil y credenciales, pero son la excepción, no la regla. Siendo meros espectadores, nada nos garantiza que el elenco sea bueno o idóneo, mucho menos el óptimo. Miremos más de cerca el escenario, pensemos en qué y cómo podemos hacer para participar en él y generar cambios cualitativos; no nos limitemos a criticar sin mojarnos y a asumir falsas hipótesis. Nos toca ser consecuentes y responsables. No dejemos que nuestro noble y rico país siga en las manos equivocadas. Seamos conscientes de que el Perú es nuestro más preciado patrimonio compartido y, por ende, debemos valorarlo y protegerlo siempre.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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