Mundial de inmigrantes, por Alonso Cueto

El campeonato mundial de fútbol que termina hoy ha sido el simulacro de una guerra mundial con los uniformes de los ejércitos y las alineaciones bien dispuestos. Toda guerra tiene una expectativa alta en vista de que se trata de una carnicería ritualizada y condicionada por las tarjetas rojas. Es curioso que un torneo jugado por distintos nombres de países ocurra en un mundo dominado precisamente por la coexistencia de diferentes patrias en la identidad de muchos jugadores. En la selección de Marruecos, por ejemplo, ninguno de los titulares nació en tierras marroquíes. En algunos casos, como en el de los hermanos Williams, cada uno juega en selecciones distintas, la de Ghana y la de España. Luca, el hijo del seleccionado y estrella de Francia Zinedine Zidane, ha sido el portero de la selección de Argelia, la tierra de sus abuelos. Como en ninguna época de la historia, hoy hay millones de personas que pertenecen a más de un país. Eso no los hace pertenecer menos a su selección, como afirmó el estúpido comentario de Mariano Rajoy en estos días.

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