En el 2000, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó por unanimidad la Resolución 1325, conocida como la agenda sobre las mujeres, la paz y la seguridad, tras un análisis referido al impacto desproporcionado de los conflictos armados sobre las mujeres y las niñas, y su falta de participación en los procesos de paz.
Actualmente, existen 56 conflictos activos que implican al menos un Estado. Según ONU Mujeres y el International Institute for Strategic Studies (IISS), estamos viviendo los niveles más altos de violencia contra las mujeres en zonas de guerra desde la década del noventa. Se estima que el 70% de las muertes en Gaza han sido mujeres, niños y niñas. En el 2024, Naciones Unidas registró 4.600 casos de violencia sexual relacionada con conflictos armados, casi el doble que el año anterior, y la escalada continúa.
La portavoz del Fondo de Población de la ONU, Anandita Filipos, publicó este febrero el impacto devastador sobre las mujeres y niñas del Líbano, donde 11.600 mujeres embarazadas se encontraban entre los desplazados, y se esperaba que 4.000 darían a luz en los próximos tres meses. La portavoz describe la falta de servicios de salud maternal, con mujeres dando a luz al borde de la carretera, mientras huyen del conflicto.
La Resolución 1325 supuso una visión transformadora en torno a tres pilares: protección y prevención frente la violencia, ampliación de derechos, y participación de las mujeres en la consolidación de la paz y reconstrucción. En palabras del secretario general de la ONU, António Guterres: “Los procesos de paz en los que las mujeres tienen un papel activo tienen un 35% más de probabilidades de durar al menos 15 años”.
Eso en base a experiencias en conflictos donde las mujeres colaboraron en los acuerdos de paz en asuntos básicos como el acceso al agua, en el caso de Sudán del Sur; o la conformación de unidades para la búsqueda de personas desaparecidas, en el caso de Colombia. A pesar de ello, las mujeres representaban solo el 7% del personal negociador de los procesos de paz en el 2024. Este abril, en plena guerra con Irán, el Consejo de Seguridad de la ONU, conformado por 15 miembros, tenía a solo cinco mujeres, incluidas una colombiana y una panameña.
En el 2024, CARE Internacional, una de las agencias humanitarias más antiguas del mundo, publicó el informe «Women in War: Leaders, Responders, and Potential“. Sus investigadoras desafían la imagen de las mujeres en conflictos como víctimas pasivas, mostrando que son las principales líderes y rescatistas en sus comunidades. Evidencian que, de cada diez mujeres, nueve participan en grupos comunitarios, seis se enfocan en mantener algún servicio de educación, cuatro priorizan conseguir comida y alimentar a sus familias, siete proporcionan servicios de salud y ocho toman medidas para mejorar la seguridad de su entorno, conformando el tejido de supervivencia en contextos de conflicto.
Aún así y a pesar de su increíble liderazgo, las mujeres están subrepresentadas en el debate global. Mujeres que enfrentan hambruna, partos sin asistencia médica, violencia sexual y pérdida total de ingresos consiguen encontrar formas de mantener su comunidad unida, sin que nadie las escuche.
Los conflictos armados a lo largo de la historia han cambiado radicalmente el papel que las mujeres jugaban en la sociedad. Solo falta recordar a los millones de amas de casa que se convirtieron en obreras de fábricas en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Ocho décadas después, las mujeres están cubriendo los servicios de los hospitales bombardeados, de las escuelas destruidas y de las cocinas derrumbadas. Sería hora también de avanzar para tomar un lugar en las mesas de negociación para la paz.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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