Miguel Grau en Abtao, 160 años de gloria , por Juan Carlos Llosa Pazos | OPINION

En los últimos años, la Marina de Guerra del Perú y la Armada de Chile vienen conmemorando juntas lo que se considera una victoria aliada alcanzada por ambos países contra una fuerza naval extranjera. En efecto, hacia 1864 habían arribado al Pacífico Sur buques de guerra españoles bajo la fachada de expedición científica, los que pronto pusieron de manifiesto su actitud beligerante. Hubo de desatarse una guerra entre España y nuestros países.

A los actos conmemorativos del Combate Naval de Abtao del 7 de febrero de 1866 asistirá el Comandante General de la Marina de Guerra del Perú, Almirante Javier Bravo de Rueda Delgado. Actividades como esta permiten estrechar lazos entre ambas instituciones navales, que, aunque a veces se miren con recelo, guardan una relación de respeto mutuo y, muchas veces, de colaboración efectiva.

Ello, en cierta forma, descansa en el espíritu de los marinos peruanos y chilenos a quienes les tocó enfrentar juntos —en una suerte de seguridad colectiva, precursora del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, TIAR— una amenaza extracontinental injustificable y anacrónica. A través de las bocas de sus cañones, los aliados le enrostraron a la Corona isabelina y a sus marinos que “América es para los americanos”.

Las unidades navales adquiridas por el presidente constitucional de la República, General de División Juan Antonio Pezet, aunque apresuradamente dadas las circunstancias, hicieron de nuestro poder naval el más importante de todo el Pacífico americano, desde Alaska hasta el Cabo de Hornos. El grueso de las fuerzas navales aliadas se hallaba en el sur de Chile. Ocultas en Punta Abtao para atacar por sorpresa al enemigo, estaban al mando del Capitán de Navío peruano Manuel Villar. La escuadra estaba constituida por cinco naves: dos chilenas (Covadonga y Maipú) y tres peruanas (Apurímac, Lerzundi y las recién adquiridas corbetas Unión y América).

La fuerza naval española la constituían las fragatas Blanca y Villa de Madrid, unidades de poderío bastante superior al aliado. Se realizó un fuerte intercambio de cañonazos en los que la Covadonga —capturada a los españoles por los marinos chilenos en el Combate Naval de Papudo poco antes—, la Apurímac y la Unión, al mando del entonces Capitán de Fragata Miguel Grau —quien ahí tuvo su bautizo de fuego—, dieron en blanco y causaron daños considerables en el adversario. La fuerza naval española hubo de abandonar el área con bastantes averías y enrumbar hacia Valparaíso, sin conseguir su objetivo operacional de destruir a las unidades de la alianza.

A bordo de la Covadonga combatían su comandante, Manuel Thomson, y el teniente segundo Arturo Prat. La historia guarda detalles sorprendentes: Grau, Prat y Thomson hallarían, años más tarde, su final combatiendo sobre la cubierta del glorioso monitor Huáscar.

Esta importante experiencia de una acción táctica tuvo un indudable impacto en el nivel estratégico y su epílogo fue la victoria en el Combate Naval del 2 de mayo de 1866, cubriendo de orgullo a los marinos peruanos y chilenos que enfrentaron con éxito —negándole el control del mar— a una potencia europea. Una potencia que, a diferencia de aquellos tiempos de la Independencia —donde poseía un poder naval muy venido a menos y con la cerviz algo baja luego de Trafalgar—, ahora contaba con una escuadra moderna y poderosa. Este combate elevó la moral de Perú y Chile y su autoestima profesional naval; la misma que años más tarde se pondría a prueba cuando hubieron de enfrentarse a muerte en la campaña naval de 1879. Gloria eterna a los marinos vencedores de Abtao.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *