En “La Odisea”, los pretendientes no llegaban al palacio de Ítaca para gobernarlo. Llegaban para instalarse y aprovecharse de la ausencia de Odiseo. Comen, beben, dilapidan las reservas de la casa, acosan a quienes todavía la defienden y, después de ocuparla durante suficiente tiempo, terminan creyendo que la impunidad equivale a un derecho de propiedad sobre Ítaca. El Congreso que termina se les parece menos por su ambición que por sus costumbres.
Durante cinco años, fue un Congreso profundamente impopular sin otra cohesión estable que la defensa de intereses patrimonialistas. Armaban peleas imaginarias para luego terminar sentándose en la Mesa Directiva con aquellos que decían despreciar: toda una puesta en escena. En la repartición había mucha fraternidad.
Sus escándalos no fueron episodios aislados, sino la forma cotidiana de una institución que se acostumbró a sobrevivir a la impopularidad. El pacto central del quinquenio fue el que selló su supervivencia con el Gobierno. Después de las muertes ocurridas durante las protestas del 2022 y 2023, el Congreso pudo censurar ministros y exigir responsabilidades. Prefirió proteger la repartición. Aquello que llamaron estabilidad fue una póliza de seguros mutua, firmada sobre muertos a los que nunca se les hizo justicia. Cuando dicen que quieren una reconciliación, se les olvida que no hay perdón sin justicia ni justicia sin reparación.
Mientras el crimen organizado avanzaba, el Congreso debilitó instrumentos para investigarlo. Modificó las reglas sobre allanamientos, organizaciones criminales, colaboración eficaz y extinción de dominio. Cada retroceso fue presentado como una defensa de garantías. Mientras tanto, el Reinfo volvió a prolongarse, porque, bueno, los mercaderes de la política tienen claras sus prioridades patrimoniales.
También se destriparon instituciones. No buscaron corregir sus defectos, sino reducir su independencia. Para los pretendientes instalados en la Av. Abancay, el problema nunca es el abuso, sino que sea un abuso que los beneficie. Y, además, hicieron gala de una irresponsabilidad fiscal casi festiva. Aprobaron exoneraciones, nombramientos, beneficios sectoriales, retiros previsionales y obligaciones permanentes sin explicar quién pagaría la cuenta.
El próximo Congreso bicameral tendrá más escaños, más presupuesto y una segunda oportunidad para demostrar que dos cámaras pueden pensar mejor que una. También podría limitarse a colocar otra mesa de banquete en el mismo salón. Los pretendientes de la Av. Abancay finalmente abandonarán el hemiciclo y dejarán un país más inseguro, más débil, fiscalmente comprometido y todavía más dividido; después de cinco años de banquete, habrá que revisar qué queda en la despensa y quién se llevó la vajilla.













Deja una respuesta