El cáncer es hoy una de las principales causas de muerte en el Perú. En el 2025, se registraron 40.830 fallecidos, según el Sistema Informático Nacional de Defunciones (Sinadef). Aunque celebro los avances en prevención, financiamiento y generación de información, persiste un aspecto crítico que aún no ocupa un lugar en la agenda pública: las condiciones que determinan quién accede a un diagnóstico y tratamiento oportuno.
Miles de pacientes enfrentan barreras que trascienden lo estrictamente médico. Una red oncológica con limitada capacidad resolutiva y la centralización obligan a que cerca del 65% de pacientes deba trasladarse a Lima para recibir atención especializada. A ello se suman demoras que dilatan los tiempos de espera mucho más allá de lo establecido por ley.
Las brechas se profundizan en las regiones donde el acceso al primer nivel de atención es limitado y la referencia a centros especializados resulta compleja. Como consecuencia, muchos casos se detectan en etapas avanzadas, reduciendo las probabilidades de éxito.
Pero aun cuando estas barreras se superan, surge otra dificultad: dónde quedarse. La capacidad de albergues en Lima es insuficiente frente al número de pacientes que deben permanecer semanas o meses alojados para completar su tratamiento. Esto implica costos que muchas familias no tienen la capacidad de asumir, obligando retrasos y hasta el abandono del tratamiento.
En este contexto, el inicio de la construcción del Hogar Ponle Corazón, impulsado por la Fundación Peruana de Cáncer, responde a una de las brechas menos visibles del sistema: el acceso a un alojamiento digno. Este proyecto nos permitirá duplicar la capacidad actual de acogida y sostener un modelo de apoyo integral y acompañamiento para pacientes y sus familias.
Sin embargo, ningún esfuerzo individual será suficiente si no se aborda el problema desde una mirada integral. Esto exige entender que la solución no se limita –y no puede limitarse– exclusivamente a una atención médica descentralizada, oportuna y articulada, sino que depende también de garantizar las condiciones estructurales que hacen posible sostenerla.
Porque, para miles de familias, la continuidad del tratamiento depende de tener un lugar digno donde quedarse.













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