Hace 50 años, el estado de Alaska inició un experimento exitoso, muy poco copiado y de mucha relevancia para América Latina. Estableció un fondo que ayudaría a manejar la inyección de dinero proveniente del petróleo y el gas que empezó a fluir a finales de los sesenta.
El problema que Alaska buscó evitar es, desgraciadamente, uno que se ha sufrido en la región y en buena parte del mundo en desarrollo: el de países ricos en recursos naturales que no obstante se empobrecen o terminan en crisis políticas y económicas.
El caso ejemplar de esa “maldición de la riqueza” es Venezuela. A pesar de tener las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y de haber recibido más de un billón de dólares (un millón de millones) en ingresos petroleros desde el 2000, Venezuela está sumida en la miseria. Sin duda, el chavismo empeoró el problema enormemente, pero ya era un problema mucho antes. Hoy, el régimen venezolano ni siquiera tiene la capacidad de auxiliar de manera mínimamente competente a su propio pueblo tras el reciente doblete sísmico.
La riqueza de los recursos naturales es como el maná caído del cielo y, cuando cae mayormente en las manos del Estado, termina concentrando el poder, pervirtiendo las instituciones, fomentando la corrupción y desalentando la creación de riqueza. En 1959, Alaska percibió US$3 millones del petróleo; en 1969 esa cifra se disparó a US$900 millones para una población de menos de 300.000 personas.
Alaska resolvió el problema potencial al crear el Fondo Permanente de Alaska. Un estudio nuevo de Peter Kaznacheev describe cómo ha funcionado. En vez de dirigir todas las regalías petroleras al gasto público, el estado de Alaska las ahorra en el fondo que a su vez invierte ese dinero en un portafolio global. Lo que hace que este no sea como otros fondos soberanos es que del rendimiento de las inversiones el Estado paga un dividendo anual en efectivo a cada residente de Alaska. Ese dividendo típicamente ha oscilado entre US$1.000 y US$2.000.
El Fondo Permanente ha logrado que la política fiscal sea más disciplinada al ahorrar una parte importante de los ingresos y ha permitido que Alaska no tenga un Impuesto a la Renta. Hoy, el fondo vale alrededor de US$80.000 millones; en 1977 valía US$734.000. En 50 años el ingreso per cápita y la población se han duplicado.
Quizá lo más significativo es que el fondo cambia la economía política del Estado. Según Kaznacheev, “cuando todos los residentes tienen un interés directo en los ingresos del petróleo, empiezan a prestar atención a cómo se gestionan. Los dividendos convierten a los ciudadanos de a pie en accionistas de facto –y en vigilantes– de la forma en que el Estado gestiona su riqueza en recursos”.
El modelo de Alaska es especialmente relevante para los países –o regiones dentro de los países– con instituciones débiles y cuyos sistemas políticos pueden ser fácilmente corrompidos por un auge de ingresos. Es relevante también para países que ya tienen fondos soberanos típicos, como Rusia, pero que no han podido gestionar bien esa riqueza. Y es relevante respecto a la minería y recursos distintos al petróleo o el gas.
De hecho, Argentina podría ser una potencia energética en el futuro, ya que la formación Vaca Muerta se estima que tiene una de las reservas de petróleo y gas de esquito más grandes del mundo. Junto con Chile y Bolivia, Argentina es parte del triángulo del litio que contiene una de las mayores reservas de ese metal en el mundo.
Otros países concentran otros minerales como las tierras raras que también podrían transformar esas economías. Todos los países ricos en recursos naturales pueden aprender de Alaska.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.











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