Cual comedia de enredos, el 12 de abril se nos fue entre malentendidos, mensajes vacíos y una vocación vertiginosa por el error. Y los ciudadanos preguntándonos si la comedia venía con intermedio, para respirar.
Lo que vimos ese día tuvo tanto de tragicómico: mesas que no se instalaban, impresoras que no imprimían, coordinaciones que llegaban tarde o nunca. Y en medio de todo, la tecnología, esa invitada estrella que prometía orden y terminó aportando suspenso. Porque hay una idea sugestiva en el sector público que se acepta sin mayor análisis: que la tecnología hace magia. Que basta con digitalizar para modernizar. Como si los problemas de gestión, planificación y coordinación desaparecieran apenas se enciende una pantalla de PC.
Esta vez, la apuesta de la ONPE por la Solución Tecnológica de Apoyo al Escrutinio (STAE) validó la promesa autocumplida: no funcionó, y complicó en lugar de simplificar.
Y es curioso porque no estábamos lanzando un satélite. Era, más bien, algo bastante terrenal: instalar computadoras, configurar impresoras, asegurarse de que todo funcione. Nada épico. Pero claro, hacerlo con anticipación, orden y pruebas ya implica un nivel de disciplina que, al parecer, no estuvo en el mapa de la ONPE.
Aquí es donde la comedia se vuelve incómoda. Porque el problema no fue la tecnología, sino esa fe casi religiosa en que esta iba a compensar todas las falencias que previamente no se habían identificado. No hubo pruebas suficientes, la capacitación fue limitada y los planes de contingencia brillaron por su ausencia. Es decir, salimos a escena con escenografía nueva, pero sin realizar el ensayo general indispensable.
Por eso, cuando la organización internacional Transparencia Electoral sugiere suspender el uso del STAE para la segunda vuelta no está siendo alarmista. Está siendo práctica. Porque usar herramientas tecnológicas sin tareas claras que ejecutar, pero, sobre todo, que supervisar, no es más que decoración tecnológica. Es pertinente, por eso, explicar una vez más que la alfabetización digital es un asunto mandatorio del que tenemos que ocuparnos de una vez.
Porque si bien es cierto que la digitalización facilita mejores servicios ciudadanos, estos no se llegan a entregar si quien los define no los respalda con habilidades digitales de las personas involucradas. Es más, la Unesco ha propuesto recientemente que es necesario reforzar la alfabetización mediática –que propone ir bastante más allá del acceso a la información sobre la tecnología, si es que esta no es confiable, comprensible y útil–, en la construcción de la llamada ciudadanía digital.
La tecnología no hace magia. Hace exactamente lo que puede hacer dentro de las condiciones que le damos. Si hay orden, ayuda. Si no, amplifica el desorden con una eficiencia admirable. Y eso fue, en esencia, lo que vimos en la comedia electoral de la primera vuelta.
De cara a la segunda vuelta quizá convenga ajustar expectativas. Aquí, tres ideas simples a considerar. La primera, probar las herramientas digitales antes de estrenarlas. Con más razón si se pretende implementarlas en actos estelares para la democracia como eran las elecciones del 12 de abril. Segunda, simplificar. En momentos críticos, menos es más; y, salvo que no estemos seguros de que todos los involucrados –o la mayoría de ellos– conocen bien las herramientas, es mejor ir por la solución menos sofisticada. Y tercera, entrenar a las personas, porque ningún sistema opera solo por más “inteligente” que diga ser.
Para cerrar, una invocación poco tecnológica a todos nosotros, los ciudadanos: paciencia. Nos queda aún una segunda vuelta que debemos encarar con la misma ilusión que se expresó en las muchas personas que volvían una y otra vez a sus mesas sin instalar. Pero también con ponderación, si no es mucho pedir.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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