El Perú se ha convertido en el campeón mundial en atrapar presidentes corruptos. Cuatro exjefes del Estado han sido encarcelados o perseguidos. Ningún país fríe a los peces gordos con más apetito. Y, sin embargo, la podredumbre vuelve a crecer. La corrupción roba dinero, pero su robo más hondo es la esperanza: enseña a ciudadanos e inversionistas que aquí nada funciona a menos que uno conozca a alguien, le pague a alguien o le tema a alguien. He ahí la paradoja. El Perú es brillante en la autopsia y torpe en la cura.
Keiko Fujimori hereda un país hambriento de orden y receloso de las promesas. Su lema, “Perú con orden”, responde a un anhelo real: calles más seguras, servicios más rápidos, contratos más limpios. Para los peruanos que desconfían del fujimorismo, la carga de la prueba es pesada.
Leí sus planes con interés, y con un recuerdo. En el 2011, cuando se presentó por primera vez, la escuché decir algo así como que su familia tenía mucho que enmendar en materia de buen gobierno, y que se proponía hacerlo. Le tomé la palabra. La manera honesta de honrar aquello no es volver a litigar el pasado, sino ofrecerle maneras concretas de probarse ahora. Lo que cuenta es el rumbo.
La plataforma de Fuerza Popular le da un comienzo. Trata la corrupción como un problema de sistemas, no de cultura. Las culturas no firman facturas falsas. Los sistemas sí, y pueden rediseñarse. Me alegró ver la fórmula de que la corrupción es igual a monopolio más discrecionalidad menos transparencia. Propone una contraloría más fuerte, IA para detectar la colusión en las compras públicas, la publicación en tiempo real de licitaciones y adendas, y un “shock anticorrupción digital”. Incluso fija una meta: reducir en un 30% las pérdidas anuales por corrupción. Estas promesas merecen elogio. Ahora necesitan una prueba pública.
En su primera semana, la presidenta Fujimori debería anunciar que en el día 180 celebrará una revisión presidencial del sector público. No una ceremonia de autofelicitación, sino una reunión de trabajo, lo bastante abierta como para ser creíble. Las preguntas deberían ser sencillas: ¿qué cambió? ¿Dónde son más limpios los contratos? ¿Dónde son más rápidos los permisos? ¿Dónde se responden las quejas? ¿Quién puede verificarlo?
Empiece el día uno. Convoque a empresarios, sociedad civil y reformadores dentro del gobierno para identificar dos áreas donde la corrupción estorba la eficiencia y la justicia: un campo de las compras públicas, un programa regulatorio o un impuesto. Pídales que tracen cómo funciona el sistema corrupto en la práctica. ¿Dónde está el cuello de botella? ¿Quién tiene el poder de monopolio? ¿Qué información se oculta?
El día uno, celebre lo que ya funciona. Durante años, Ciudadanos al Día ha identificado buenas prácticas en la gestión pública. Pida a cada organismo que examine esos ejemplos, extraiga las lecciones y adopte al menos una antes de la revisión. Las historias de éxito no curan la corrupción por sí solas. Pero perforan a su aliado más fiel: el cinismo.
La IA debería ser la herramienta más potente de este esfuerzo, y Fuerza Popular tiene razón en destacarla. Puede señalar patrones sospechosos, comparar precios entre organismos, detectar contratos de oferta única y mostrar a los ciudadanos en qué punto está una obra. Pero la IA no es polvo mágico. La misma herramienta que reduce el monopolio y la opacidad también puede construir una nueva caja negra. Toda herramienta de IA anticorrupción necesita criterios públicos claros, registros de auditoría, revisión independiente y el derecho a apelar ante una persona.
El calendario puede ser exacto: para el día 60, líneas de base públicas; para el día 100, pilotos en marcha; para el día 180, un informe honesto. Ningún gobierno acabará con la corrupción en 180 días, y los peruanos son demasiado curtidos para creerlo. Pero un gobierno sí puede probar que la corrupción es un delito de cálculo, no un hecho de la cultura. Si Keiko Fujimori logra demostrar en seis meses que unos cuantos sistemas son más limpios y unos cuantos organismos más responsables, el Perú ganará algo raro y poderoso: impulso.
Y el impulso importa. Una vez que los ciudadanos ven que algunas cosas se pueden arreglar, empiezan a creer que más cosas se pueden arreglar. En la lucha contra la corrupción, ese cambio de parecer es, muchas veces, el comienzo.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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