La Odisea Superstar, por Alexander Huerta-Mercado

“Háblame musa de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo” es como comienza una de las primeras obras escritas de Occidente a manos de un autor del cual no conocemos casi nada. De Homero solo sabemos que parecía efectivamente inspirado por las musas, pues es un escritor deslumbrante, y que se sospecha que era ciego y que transcribió con maestría los cantos sobre una larga y dolorosa guerra. Nos narró también un viaje de retorno a Ítaca y un universo donde los dioses y los humanos convivían en una relación para nada armoniosa. Han pasado casi 3.000 años y la obra ha sido adaptada en tantos formatos que frecuentemente se crean versiones nuevas que, sin embargo, no pierden la esencia que tanto nos ha fascinado. Acaba de estrenarse la película del director británico Christopher Nolan sobre las aventuras de Odiseo, también llamado Ulises, que nos ha devuelto el entusiasmo por la madre de todas las aventuras.

Esta saga seguramente fue cantada por bardos que, cual raperos de su época, la recitaban por episodios ante un público tan presto a distraerse igual que en la época actual (y eso que no existía Internet). Por eso se cantaba en fragmentos deliciosos. ¡Vaya recurso! Está compuesta por un viaje en mar donde cada isla representa una aventura diferente a manera de episodios que no solo nos sorprenden, sino que nos dejan pensando en nuestra propia condición humana.

Me deslumbra ver cómo todavía los mitos tienen vigencia. El mito existe porque ha servido a todo grupo humano sin excepción para narrar aquello que con palabras usuales no se puede narrar. Es una forma de presentar en escena las emociones humanas, el origen de por qué somos como somos y, sobre todo, de armonizar las contradicciones que, todos lo sabemos, forman parte de nuestra existencia. Borges decía sobre Ulises, por ejemplo, que representaba aquella paradoja con la que vivimos: nuestra necesidad de ser peregrinos curiosos y, al mismo tiempo, la necesidad de “volver a donde pertenecemos”. La narración mítica se actualiza con las diferentes interpretaciones que las distintas generaciones humanas encuentran en ella.

A mí me gusta contarles a mis alumnos sobre cómo Ulises, al saber que el canto de las sirenas era hipnótico y llevaba a los marineros a estrellarse contra los arrecifes, urdió el plan de cubrir los oídos de su tripulación con cera. El detalle es que Ulises sí quería oír el canto de las sirenas y pidió que lo amarrasen al mástil para no caer en la tentación de lanzarse al mar y morir ante el encanto de las sirenas. Antes mi interpretación era que, para vivir nuestra plena curiosidad de conocer, teníamos primero que ser disciplinados para no perdernos en el camino. Ahora pienso que es una forma de entender que muchas veces las tentaciones pueden vencer nuestra disciplina y ante esta conciencia tenemos que adelantarnos a ello tomando medidas que nos aten, pase lo que pase, a nuestra misión fundamental en la vida.

Me gusta pensar que Homero estaría contento al saber que las aventuras de su imperfecto (porque sí que lo era) Ulises nos siguen dando que pensar. Tal vez “La Odisea” sea una metáfora del camino de la vida para “llegar a ser lo que somos”. Quizá sea una forma de contarnos que no importa si navegamos en contra del dios de los mares mientras tengamos a Atenea; es decir, la sabiduría y la estrategia de nuestro lado.

Lo que sí me queda claro es que “La Odisea” nos habla de un camino. Como lo dijo en su hermoso poema Antonio Machado, “se hace camino al andar”. Homero agregaría que el camino también “nos hace a nosotros”. El poeta griego Constantino Kavafis nos prepararía para el recorrido de la vida con una bellísima sugerencia: “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias”.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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