Lizeth Marzano salió a correr la noche del 17 de febrero por las calles de San Isidro tal y como acostumbraba. Era campeona nacional de apnea (una modalidad de buceo extremo que consiste en recorrer largas distancias y profundidades aguantando la respiración), seleccionada nacional –y mundialista– de dicha disciplina, multicampeona de pesca submarina e instructora deportiva, además de diseñadora industrial y estudiante de un MBA en la Universidad del Pacífico. Todo aquello que había construido y seguía construyendo, sin embargo, se derrumbó en el instante en el que un automóvil manejado por Adrián Villar la embistió y la dejó, agonizante, a un costado de la vía.
Nueve días más tarde, Villar compareció ante las autoridades y, según expertos, le espera un proceso judicial que podría llevarlo a prisión hasta por 11 años. La tragedia ilustra una cruda realidad peruana que cada año cobra la vida de unas 3.000 personas: la de los accidentes de tránsito. Según datos del Ministerio de Transportes y Comunicaciones, entre el 2022 y el 2024 (todavía no hay cifras del 2025) se registraron más de 80.000 accidentes al año. Más de la mitad fueron causados por la imprudencia del conductor, por exceso de velocidad o por la ebriedad de quien iba al volante. Esto evidencia lo poco conscientes que son quienes manejan un vehículo en nuestro país de que, en realidad, están manejando un arma.
Pero la muerte de Lizeth también ha desnudado la incapacidad de las autoridades para cumplir con su labor. ¿Cuántos casos quedan impunes? ¿Cuántos choferes irresponsables siguen en las pistas? ¿Cuántos vehículos con orden de captura circulan impunemente por la ciudad? En muchos casos, como el de Lizeth, son los propios familiares de las víctimas los que tienen que recabar información y conseguir videos de cámaras de seguridad para dar con los responsables de los accidentes, cuando esta es una tarea que debería realizar exclusivamente la policía.
Desde las páginas de este Diario, a través de la campaña #NoTePases, hemos tratado de contribuir denunciando a los malos conductores y buscando soluciones para los graves problemas del transporte en nuestro país. Ojalá las autoridades promuevan acciones para frenar no solo la imprudencia de los conductores, sino la indolencia que existe contra las víctimas. Cada accidente que pudo evitarse no es una cifra más: es una responsabilidad que alguien no quiso asumir. En las pistas, cada día, no solo se juega el orden, sino el valor que como sociedad le damos a la vida.
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