El 19 de diciembre de 1972, Eugene A. Cernan, Harrison H. Schmitt y Ronald E. Evans amerizaron en el Océano Pacífico, poniendo punto final a la misión Apolo 17 y cerrando un ciclo de expediciones espaciales que llevó a 24 personas a la Luna en apenas tres años. Esta semana, desde Cabo Cañaveral en Florida, Estados Unidos, cuatro astronautas partieron a bordo de la nave Orión en la misión Artemis II, una expedición de profundo significado histórico, no solo porque marca el regreso de la humanidad a su satélite natural –ese que, durante milenios, generó a partes iguales fascinación y misterio– tras más de medio siglo, sino que inaugura una nueva época de exploración espacial que tiene como horizonte el establecimiento por la NASA de colonias lunares permanentes a partir del 2032. Parece ciencia ficción, pero no lo es.
El 19 de diciembre de 1972, Eugene A. Cernan, Harrison H. Schmitt y Ronald E. Evans amerizaron en el Océano Pacífico, poniendo punto final a la misión Apolo 17 y cerrando un ciclo de expediciones espaciales que llevó a 24 personas a la Luna en apenas tres años. Esta semana, desde Cabo Cañaveral en Florida, Estados Unidos, cuatro astronautas partieron a bordo de la nave Orión en la misión Artemis II, una expedición de profundo significado histórico, no solo porque marca el regreso de la humanidad a su satélite natural –ese que, durante milenios, generó a partes iguales fascinación y misterio– tras más de medio siglo, sino que inaugura una nueva época de exploración espacial que tiene como horizonte el establecimiento por la NASA de colonias lunares permanentes a partir del 2032. Parece ciencia ficción, pero no lo es.
Durante diez días, Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen orbitarán la Luna –sin llegar a aterrizar en ella– con la finalidad de llevar a cabo pruebas cruciales para futuras expediciones (como el del sistema de purificación de aire, el de provisión de agua y el uso de trajes presurizados), además de maniobras de acoplamiento a módulos de aterrizaje, un paso fundamental para cumplir el objetivo de la NASA de transportar astronautas al polo sur lunar en el 2028. Y llevarán a cabo una verdadera proeza: serán los primeros humanos en ver con sus propios ojos el lado oscuro del satélite, una parte del viaje en el que quedarán completamente incomunicados con la Tierra y en el que alcanzarán la distancia más alejada que la humanidad habrá logrado respecto de su planeta.
En buena cuenta, la misión Artemis II es, en todos y cada uno de sus detalles, una hazaña científica, una muestra de aquello que el ser humano es capaz de lograr con su esfuerzo y su inventiva, y un ejemplo de colaboración en el que han trabajado diferentes gobiernos, instituciones y empresas comerciales. Su éxito abrirá una serie de posibilidades y escenarios con los que nuestros antepasados ni siquiera soñaron y que tienen como objetivo ulterior la llegada de la humanidad a Marte en un futuro no tan remoto.
En momentos en los que varios discursos políticos –incluso entre los países más desarrollados– no solo ignoran la ciencia, sino que la denostan abiertamente, el ansiado regreso del ser humano a la Luna es una bocana de aire fresco.
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