Pablo Malo Segura
Cuando un paciente entra en un hospital no suele percibir parte del trabajo que se desarrolla para garantizar que su atención sea segura, coordinada y eficiente. Detrás de una intervención, una prueba diagnóstica o un ingreso hospitalario existe una compleja organización que revisa procedimientos, analiza resultados, registra incidencias y detecta posibles áreas de mejora. Ese trabajo, muchas veces invisible, es el que permite que la calidad no dependa únicamente de la actuación individual y forme parte de procesos sólidos, homogéneos y compartidos por toda la organización.
En los últimos años, las acreditaciones y certificaciones se han consolidado como herramientas de evaluación externa que ayudan a los hospitales a revisar su funcionamiento, ordenar sus procesos y avanzar hacia una atención más segura, eficiente y centrada en el paciente.
La calidad hospitalaria se mide hoy con datos, resultados, seguridad del paciente y capacidad de mejora continua
Sellos como la Joint Commission International (JCI), las certificaciones ISO, los estándares UNE o los modelos de excelencia EFQM hacen que los centros tengan que someterse a evaluaciones independientes y periódicas. Estas revisiones analizan, entre otros aspectos, cómo se documentan los procesos clínicos, cómo se gestionan los riesgos y los incidentes de seguridad, qué experiencia tiene el paciente durante su recorrido asistencial y qué resultados se obtienen en las distintas áreas clínicas.
De cuantificar recursos a orientarse a resultados
La generalización de estos modelos refleja también una evolución en la manera de entender la calidad sanitaria en la sanidad. Durante años, la excelencia de un hospital se vinculaba principalmente a la tecnología disponible, la modernidad de las instalaciones o el prestigio de sus profesionales. Todos estos elementos siguen siendo relevantes, pero ya no resultan suficientes por sí solos para demostrar que una organización ofrece una atención de calidad.
“La calidad se mide de forma mucho más objetiva, integrada y orientada a resultados. Hemos pasado de una visión de la calidad más centrada en los recursos disponibles a una visión mucho más madura, basada en datos, resultados, seguridad, experiencia real del paciente y capacidad de mejora continua”, explica Nuria Díaz Avendaño, directora corporativa de Calidad y Experiencia del Paciente de Quirónsalud.
Cuando los estándares se integran en la organización, se convierten en una forma compartida de trabajar y de mejorar la atención al paciente
Actualmente, la calidad hospitalaria se cuantifica mediante indicadores clínicos, de seguridad, de eficiencia y de experiencia del paciente. Se analizan aspectos como las complicaciones, las infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria, los reingresos, los eventos adversos, los tiempos de respuesta, la adherencia a protocolos o los resultados ajustados por riesgo. También se incorporan herramientas que permiten conocer cómo vive el paciente su proceso asistencial y cómo percibe los resultados obtenidos, como los Prems, los Proms o indicadores de experiencia como el Net Promoter Score.
En Quirónsalud, esta evolución se refleja en un modelo basado en estándares medibles, auditorías internas y externas, trazabilidad de los procesos y análisis sistemático de resultados. Su Plan de Calidad articula esta mejora en torno a ejes como salud, experiencia y eficiencia, con especial atención a la homogeneización de prácticas, la reducción de la variabilidad y la obtención de resultados sostenibles en el tiempo.
“Las certificaciones y acreditaciones como JCI, ISO o EFQM aportan, ante todo, método, rigor y consistencia. Su valor no reside únicamente en el reconocimiento externo, sino en su capacidad para transformar la forma en la que una organización sanitaria trabaja cada día”, señala Díaz Avendaño.
El verdadero valor de una acreditación está en su capacidad para generar mejoras sostenidas en seguridad, experiencia y resultados clínicos
Cada modelo aporta una perspectiva complementaria. La Joint Commission International refuerza especialmente la seguridad clínica y la gestión del riesgo asistencial. Las normas ISO aportan disciplina de gestión, trazabilidad, control documental y mejora continua. Por su parte, el modelo EFQM ofrece una mirada global de la organización, conectando liderazgo, estrategia, personas, procesos, resultados y sostenibilidad.
“Cuando estos estándares están verdaderamente integrados, dejan de ser un requisito documental o un ‘sello’ externo para convertirse en una forma de trabajar. Ayudan a generar una cultura común, facilitan la detección temprana de desviaciones y permiten desplegar acciones correctoras con una visión estructurada y comparable entre centros”, destaca la directora corporativa de Calidad y Experiencia del Paciente de Quirónsalud.
Del sello a la práctica diaria
La JCI está considerada una de las acreditaciones más exigentes y reconocidas en el ámbito sanitario internacional. Quirónsalud se convirtió en 2022 en el primer grupo hospitalario privado español en obtener esta acreditación como grupo y posteriormente logró revalidarla.
Además de la acreditación corporativa, diez de sus centros cuentan con el sello dorado de la JCI: el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, el Hospital Universitario Quirónsalud Madrid, el Hospital Universitario La Luz, el Centro Médico Teknon, el Hospital Universitario Quirónsalud Barcelona, el Hospital Universitari Dexeus, el Hospital Quirónsalud Córdoba, el Hospital Quirónsalud Torrevieja, el Hospital Universitari General de Catalunya y la Clínica Imbanaco, en Colombia. Otros hospitales se encuentran actualmente en proceso de obtenerla por primera vez.
La Fundación Jiménez Díaz (FJD) alcanzó, además, un hito particular en 2023 al convertirse en el primer y único hospital público español de su nivel de complejidad, carácter investigador y actividad docente en obtener esta distinción para todo el centro.
Junto a la JCI, el grupo dispone de certificaciones ISO 9001, estándares UNE relacionados con la seguridad del paciente y el reconocimiento QH de la Fundación IDIS, además de otras acreditaciones específicas en diferentes áreas clínicas. Estos sellos aportan confianza y reputación, pero el valor añadido es demostrar que su implantación produce mejoras reales y sostenidas.
“La diferencia está en la implantación efectiva: en la capacidad de medir, comparar, aprender de los datos, reducir la variabilidad entre centros y generar mejoras sostenidas en seguridad, experiencia y resultados clínicos”, resalta Díaz Avendaño.
Mantener una acreditación de forma sostenida, homogénea y útil en el tiempo representa uno de los grandes desafíos de las organizaciones sanitarias
Una identificación correcta antes de administrar un medicamento, la revisión de una lista de comprobación antes de una intervención, el registro de una incidencia, la coordinación entre diferentes especialistas o el seguimiento de una infección hospitalaria son ejemplos concretos de procesos que pueden verse reforzados por estos estándares.
Las acreditaciones también han adquirido un importante valor reputacional. Pacientes, aseguradoras, profesionales e instituciones exigen cada vez más garantías objetivas de calidad y seguridad. Una evaluación internacional transmite confianza porque demuestra que la organización acepta someterse voluntariamente a criterios exigentes, externos y comparables.
Sin embargo, en un entorno en el que estos estándares están cada vez más extendidos, la acreditación por sí sola ya no basta. “El certificado es importante, pero lo verdaderamente reputacional es la cultura que lo sostiene. Los grupos que consiguen convertir los estándares en práctica diaria, y no solo en cumplimiento formal, son los que realmente se diferencian”, asegura.
Mantener esta cultura representa uno de los mayores desafíos para organizaciones sanitarias complejas, con numerosos hospitales, servicios y equipos profesionales. “El principal reto no es alcanzar una acreditación, sino mantenerla de forma sostenida, homogénea y útil en el tiempo”, resalta la directora corporativa de Calidad y Experiencia del Paciente de Quirónsalud.
La mejora continua convierte los datos en decisiones que refuerzan la seguridad y la calidad asistencial
Esto requiere una gobernanza clara, liderazgo clínico y directivo, formación continua, sistemas de información fiables, auditorías periódicas y un seguimiento riguroso de los planes de mejora. También requiere disponer de indicadores comparables que permitan identificar desviaciones, compartir buenas prácticas y priorizar las actuaciones en función del riesgo y del impacto asistencial. Otro de los desafíos consiste en evitar que los profesionales perciban la acreditación como una carga administrativa.
El objetivo no debe ser preparar el hospital para superar una auditoría puntual, sino integrar la calidad en su funcionamiento ordinario. “Mantener estos niveles de acreditación requiere, en definitiva, que la calidad forme parte del funcionamiento ordinario del hospital: medir, analizar, corregir, aprender y volver a medir. Solo así las acreditaciones tienen un impacto real en la seguridad del paciente y en la excelencia asistencial”, concluye.






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