Recientemente, el papa León XIV publicó la encíclica Magnifica Humanitas, dedicada a la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial (IA). En ella, invita a integrar los avances tecnológicos sin perder de vista la dignidad de la persona ni la responsabilidad humana en la toma de decisiones. ¿Pero cómo lograrlo? ¿Cómo evitar que la IA tome las riendas de todo? ¿Acaso esta, que ya forma parte de nuestras vidas, puede gobernar a las personas?
Considerar el llamado del papa León XIV y tratar de responder estas preguntas me ha llevado a reflexionar sobre tres afirmaciones.
La primera, la IA puede informar, pero no gobernar. Si bien es cierto que la IA realiza aportes extraordinarios como procesar enormes cantidades de información, identificar tendencias o generar recomendaciones, gobernar implica algo más que analizar datos; es orientar personas, coordinar esfuerzos y tomar decisiones que afectan vidas.
Además, gobernar exige prudencia, comprender la realidad, analizar alternativas, anticipar consecuencias y elegir responsablemente. En mi trabajo con estudiantes suelo insistir en una idea sencilla: detrás de cada dato e indicador hay una persona cuya vida puede verse afectada por una decisión. Mientras los algoritmos procesan datos, los líderes interpretan estas realidades humanas.
La segunda afirmación es que la IA puede calcular, pero no asumir responsabilidad. Los sistemas actuales realizan cálculos complejos y operan sobre probabilidades matemáticas. Sin embargo, cuando una decisión produce consecuencias negativas, el algoritmo no responde por ellas, sino las personas.
La responsabilidad sigue siendo indelegable. Los líderes toman decisiones que afectan a colaboradores, clientes, accionistas y a la sociedad en general. Deciden si una persona pierde su empleo, qué producto o servicio ofrecer para satisfacer una necesidad real de sus clientes o cómo genera un impacto positivo en su entorno. Ninguna IA puede asumir el peso moral de esas decisiones.
Finalmente, la IA puede gestionar información, pero no construir comunidad. Las organizaciones no son estructuras rígidas ni simples flujos de información. Son comunidades humanas, construidas sobre relaciones de confianza, cooperación y compromiso. La tecnología puede ayudarnos, pero la confianza sigue siendo un activo profundamente humano.
Esas relaciones son las que permiten afrontar la incertidumbre, coordinar esfuerzos y construir proyectos duraderos. Por eso, las organizaciones más sólidas no son, necesariamente, las más tecnológicas, sino aquellas capaces de sostener una cultura basada en la credibilidad de sus líderes, en la confianza de sus equipos y en un propósito compartido.
Quizá lo más importante no es saber cuánto avanzará la IA, sino qué tipo de líderes necesitaremos para acompañar ese avance porque la tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero las personas siguen siendo las responsables de orientar el uso de la IA hacia fines valiosos. Por eso, gobernar personas sigue siendo una tarea profundamente humana.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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