La IA y el valor de ser humanos, por Pamela Alcázar

“Esta información podría revisarla en Google o pedirle un análisis a ChatGPT”, dijo un alumno al finalizar una clase extensa y algo aburrida. Los datos eran importantes, pero habían quedado reducidos a teoría sin vida.

De hecho, los datos enseñan, pero las experiencias despiertan y transforman.

Hoy muchas personas preparan discursos, proyectos y hasta clases con herramientas de IA. El resultado suele verse impecable: respuestas técnicamente perfectas y excelente redacción. Sin embargo, cuando aparecen las preguntas que realmente importan, la experiencia humana adquiere un protagonismo irremplazable.

¿Qué aprendiste de ese fracaso?, ¿cómo reaccionas bajo presión?, ¿qué situación cambió tu manera de pensar?, ¿qué te hace diferente?

La inteligencia artificial está transformando la identidad profesional, pero no como muchos suelen pensar. Hoy las competencias no solo dependen de saber cómo hacer tareas técnicas, ya que muchas de ellas pueden automatizarse a través de la IA, la diferencia está en aquello que no puede copiarse fácilmente y necesita enfatizar fortalezas humanas, como la creatividad, el pensamiento crítico, el juicio ético y la capacidad de conectar con otros.

Puede que, en esta era, las habilidades blandas dejen de ser “blandas”, y pasen a convertirse en el verdadero valor diferencial. Porque en un mundo lleno de respuestas automáticas, las personas auténticas destacarán más.

Esta nueva realidad se ha ido incorporando progresivamente a distintos ámbitos de la vida social, por ello ya comenzó a reflejarse incluso en el derecho. Distintos países han empezado a preguntarse si las obras creadas por inteligencia artificial pueden recibir protección jurídica. El desarrollo de la inteligencia artificial generativa ha dado lugar a un debate relevante en la actualidad: ¿puede una obra creada por IA estar protegida por derechos de autor?

La respuesta que lentamente está emergiendo desde tribunales y legislaciones revela que muchas de las normas que hoy utilizamos fueron concebidas en una época en la que jamás se imaginó que existirían tecnologías capaces de realizar creaciones de manera autónoma. Por ello, el debate ya forma parte de la agenda jurídica contemporánea.

Los derechos de autor gozan de protección jurídica desde hace décadas y la protección de las creaciones intelectuales ha sido reconocida por diversos instrumentos internacionales de derechos humanos. Sin embargo, la irrupción de la inteligencia artificial ha planteado nuevos escenarios que no estuvieron previstos por los marcos normativos tradicionales.

Una muestra de cómo el derecho está enfrentando este desafío puede observarse en la jurisprudencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), según la cual una obra protegida debe reflejar las decisiones libres y creativas de su autor, así como su personalidad. En consecuencia, cuanto más autónoma sea la inteligencia artificial en el proceso creativo, menor será la posibilidad de reconocer derechos de autor sobre el resultado. Este criterio resulta especialmente relevante porque, en la Unión Europea, aún no existe una legislación específica sobre la protección de las obras generadas por inteligencia artificial.

En América Latina tampoco existe una regulación uniforme sobre inteligencia artificial y derechos de autor. No obstante, México ha protagonizado uno de los primeros pronunciamientos judiciales de la región sobre esta materia. En 2025, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) resolvió que las obras creadas exclusivamente por inteligencia artificial no pueden registrarse como derechos de autor. El caso surgió cuando un particular intentó registrar un avatar generado mediante la plataforma de IA “Leonardo”. El Instituto Nacional del Derecho de Autor (INDAUTOR) rechazó el registro y, posteriormente, la SCJN confirmó dicha decisión.

Nunca antes habíamos tenido a nuestro alcance tantas herramientas para crear, redactar, diseñar o editar. La inteligencia artificial funciona como una biblioteca inagotable y como un poderoso asistente capaz de ampliar nuestras posibilidades de aprendizaje, investigación y análisis, además de ayudarnos a optimizar el uso de nuestro tiempo. Sin embargo, pese a su notable utilidad y capacidad, el aporte humano continúa siendo fundamental.

La creatividad nace de la experiencia. La originalidad nace de la mirada propia. El pensamiento crítico nace de cuestionar. Cuando alguien habla desde lo vivido, sus palabras trascienden. Es razonable que, desde hace siglos, el derecho haya protegido las obras originales creadas por las personas, ya que estas expresan algo único, personal e irrepetible. De hecho, una herramienta tecnológica no puede sustituir la esencia de quien la usa.

Estamos viviendo uno de los puntos de inflexión más significativos de la historia. Muchos jamás imaginamos ser parte de esta época. Así como la imprenta revolucionó la difusión del conocimiento y la Revolución Industrial transformó la organización de la sociedad, hoy la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías están redefiniendo nuestra manera de vivir, trabajar y crear.

Que, en plena revolución tecnológica, las respuestas que comienzan a surgir desde el derecho sigan situando a la persona humana en el centro de la protección invita a reflexionar. Y es que, cuando todo luce perfecto, rápido y automático, lo verdaderamente humano adquiere un valor extraordinario.

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