En el hospital Honorio Delgado de la región Arequipa, como en muchos otros hospitales públicos del país, la escena se repite: pacientes haciendo largas colas desde la madrugada para conseguir una cita o una interconsulta.
Horas de espera perdidas, incertidumbre, maltrato crónico y, muchas veces, ningún resultado. Lo más grave no es que sea un problema nuevo. Lo más grave es que lo hemos normalizado como algo habitual.
¿Por qué seguimos obligando a las personas a gestionar sus citas de manera presencial, cuando la tecnología permite hacerlo de forma ordenada, eficiente y sin maltrato alguno?
Hoy existen herramientas tecnológicas –incluso inteligencia artificial– capaces de asignar citas 24/7, priorizando casos de acuerdo con criterios médicos y ordenando la demanda sin exponer a ninguna persona a colas absurdas, las cuales solo maltratan y violentan a los pacientes. Pero no las usamos.
Como en la generalidad de las políticas públicas, la explicación es incómoda: no es falta de capacidad, es falta de decisión y gestión. Preferimos procesos que nos resultan ‘familiares’, aunque sean ineficientes y crueles.
La cola se ha convertido, además, en un filtro injusto: accede quien puede madrugar, quien tiene tiempo, quien resiste. ¿Y los demás?
Se suele invocar la brecha digital como justificación. Es real, pero no explica la inacción; al contrario, exige soluciones mixtas: canales digitales para quienes puedan usarlos y alternativas asistidas para quienes no.
Ordenar no excluye; al contrario, reduce la arbitrariedad. Y que conste que esto no es solo un problema de gestión en el sector público; también es un problema ético.
Obligar a una persona enferma a hacer cola para acceder a atención médica no es solo ineficiencia; es violencia institucional. Es una forma de maltrato que el Estado permite y que la sociedad parece haber dejado de cuestionar.
Modernizar la asignación de citas no es un lujo ni una apuesta futurista. Es una obligación básica de cualquier sistema de salud que pretenda respetar la dignidad.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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