La política latinoamericana reciente deja una lección incómoda para quienes prometen orden: ganar una elección no concede poder irrestricto ni estabilidad garantizada. Rodrigo Paz, en Bolivia, y José Antonio Kast, en Chile, enfrentan una de las combinaciones más peligrosas para un gobierno nuevo: desgaste acelerado, presión social y dudas sobre su capacidad de mando. Si Keiko Fujimori gana en el Perú, podría encontrarse ante un escenario similar. Su desafío, por tanto, no será solo ganar, sino prepararse para gobernar.
En Bolivia, Paz enfrenta el desafío más duro. Las protestas de sectores afines a Evo Morales y el malestar económico han bloqueado carreteras, afectado el abastecimiento y sometido al Gobierno a una presión inmediata. En Chile, el desgaste de Kast tiene otra forma. Prometió eficacia: seguridad, control migratorio y disciplina fiscal. Pero el cambio de su ministra de Seguridad y de su vocera, a poco más de dos meses de iniciado el Gobierno, envía una señal costosa. Cuando la ciudadanía vota por control y percibe ensayo y error, la autoridad se erosiona.
Bolivia y Chile no anticipan mecánicamente el futuro peruano, pero muestran dos riesgos que una eventual presidencia de Keiko Fujimori no podría ignorar: protesta territorial y pérdida temprana de autoridad. La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué ocurriría si gana?
El primer problema sería una victoria legal, pero políticamente frágil. Con una ventaja estrecha frente a Roberto Sánchez y un rechazo superior al 40%, podría ganar sin obtener la confianza del país.
El segundo problema sería territorial. Una eventual presidenta no gobernaría solo frente al Congreso, sino también ante regiones desconfiadas: el sur, las zonas rurales, los corredores mineros y las periferias urbanas. Sus adversarios intentarán instalar una idea simple y eficaz: Keiko ganó Palacio, pero no el país. Si la seguridad no mejora, la economía no despega o el Gobierno se encierra en Fuerza Popular, esa frase se convertirá en consigna.
Hay, sin embargo, una diferencia que podría contener una explosión temprana: las elecciones regionales y municipales del 4 de octubre. Muchos dirigentes preferirán hacer campaña y medir fuerzas en las urnas antes que apostar por la calle. Pero esa ventaja tiene otra cara: cada error nacional tendrá un candidato local dispuesto a capitalizarlo.
El riesgo inverso sería congelar la agenda para apaciguar el conflicto. Keiko podría moderarse para reducir resistencias, pero si esa moderación deriva en parálisis, perdería a quienes votaron por Fuerza Popular. Necesitará, por ello, una agenda corta y ejecutable: enfrentar la extorsión y el crimen organizado, acelerar obras en agua y salud, y corregir la distorsión creada por un Congreso que aprueba obligaciones de gasto sin asumir la responsabilidad de financiarlas ni ejecutarlas.
Tampoco debería caer en la tentación contraria. Si confunde la protesta social con criminalidad o si responde con abuso policial, abrirá una crisis nacional. La autoridad exige legalidad, proporcionalidad y control civil. El Estado debe proteger carreteras, inversiones y ciudadanos, pero también escuchar antes del estallido.
¿Qué debería hacer Keiko? No bastaría con una lista de anuncios. Necesitaría cuatro señales políticas claras: un Gabinete con solvencia técnica y oficio político; un pacto territorial con autoridades, comunidades y cámaras empresariales; un sistema de prevención de conflictos, no simples mesas tardías; y una relación con el Congreso sin blindajes ni capturas institucionales.
Esa estrategia no debería ser una gira simbólica ni una foto con gobernadores; tendría que traducirse en compromisos verificables. En un Parlamento fragmentado, incluso una bancada numerosa puede ser negociación permanente antes que garantía de estabilidad; y un Congreso aliado también puede desgastar al Ejecutivo si empuja agendas propias, reparte beneficios o exige cuotas de poder.
Si gana, Keiko no debería cobrar una revancha, sino gobernar con conciencia de que una parte importante del Perú no confía en ella. Paz muestra el costo de subestimar la protesta territorial. Kast, el costo de prometer eficacia y exhibir desorden. La lección es nítida: autoridad con apertura; firmeza con límites democráticos; agenda sin encierro partidario. Porque ganar puede llevar a Palacio, pero solo gobernar permite sostenerse en el país.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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