Desde su creación en 1979, el poder en la República Islámica de Irán ha girado en torno a un líder supremo religioso con autoridad final en todos los asuntos clave del Estado. Pero el asesinato del ayatola Alí Jamenei el 28 de febrero, en el primer día de la guerra, ha cambiado ese orden político.
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Tras la muerte de su padre, Mojtaba Jamenei fue elegido nuevo líder supremo. De manera formal ocupa la cúspide del poder, pero su ausencia pública durante toda la guerra debido a que supuestamente resultó herido hace que su papel sea visto más como de validación antes que de mando. De esa manera, Irán va experimentando una transformación profunda en lo político, donde un régimen guiado por la autoridad religiosa está dando paso a otro encabezado por el poder militar.

Ciudadanos iraníes permanecen de pie en una acera junto a una valla publicitaria que muestra al líder supremo de Irán Mojtaba Khamenei, en Teherán, el 24 de abril de 2026. (Foto de AFP).
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De acuerdo con un informe de Reuters basado en entrevistas a funcionarios y analistas iraníes, en la práctica, la guerra ha provocado que las decisiones clave pasen a manos de un núcleo duro integrado por la Guardia Revolucionaria, el Consejo Supremo de Seguridad Nacional y la oficina del Líder Supremo. Siendo la Guardia la que ahora domina tanto la estrategia militar como las decisiones políticas más estratégicas. Ya no hay un árbitro único, que era el poder clerical.
Como resultado, Irán experimenta una militarización del poder político, donde la ideología y estrategia de la Guardia Revolucionaria marcan el rumbo.

El ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, llega para asistir a una reunión con el presidente ruso Vladimir Putin en San Petersburgo, Rusia, el 27 de abril de 2026. (EFE/EPA/DMITRI LOVETSKY).
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Las señales de esa situación se han notado en las negociaciones con Estados Unidos. Reuters precisó que el rostro diplomático de Irán es el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araqchi, al que más recientemente se ha unido el presidente del Parlamento, Mohammed Baqer Qalibaf, antiguo comandante de la Guardia Revolucionaria, alcalde de Teherán y candidato presidencial. Este es un enlace clave entre las élites políticas, de seguridad y clericales de Irán.
Pero sobre el terreno, precisó Reuters, el comandante de la Guardia Revolucionaria Islámica Ahmad Vahidi es la figura clave en las negociaciones.

El entonces ministro del Interior iraní, Ahmad Vahidi, habla durante una conferencia de prensa en Teherán el 4 de marzo de 2024. (Foto de ATTA KENARE / AFP).
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El canciller mantiene un rol visible, pero el poder negociador real está condicionado por los militares.
El poder adquirido por los militares hace que la política exterior de Irán más rígida, pues los sectores moderados han sido desplazados. La Guardia Revolucionaria prioriza la resistencia y la disuasión, lo que se traduce en menor flexibilidad en las negociaciones con Estados Unidos.
Un ejemplo es la última propuesta de Irán para el fin de la guerra, donde no ofrece concesiones a Estados Unidos y busca terminar el conflicto en los términos de Teherán.
La República Islámica ha propuesto detener las hostilidades como primer paso, levantar el bloqueo y reabrir el estrecho de Ormuz, y postergar el tema nuclear, que es el principal punto de choque con Washington. La idea es abordar esto último solo cuando la guerra haya terminado.
La Guardia Revolucionaria gana peso, pero sin ruptura estructural

Un hombre pasa junto a una bandera iraní en Teherán el 29 de abril de 2026, que muestra imágenes de niños asesinados el primer día de la guerra en un presunto ataque con misiles estadounidenses e israelíes contra una escuela en Minab. (ATTA KENARE / AFP).
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El analista internacional Carlos Novoa considera que el auge del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica responde más a una dinámica coyuntural de guerra que a un cambio estructural definitivo en el sistema iraní.
Aunque la República Islámica ha logrado resistir la ofensiva de Estados Unidos e Israel —apoyada en factores como su geografía y su control estratégico del estrecho de Ormuz—, Novoa advierte que el país está “diezmado” y sin capacidades militares convencionales completas, lo que limita su margen real de acción.
En ese contexto, Novoa señala que la figura de Mojtaba Jamenei tiene un peso más simbólico que efectivo dentro de un esquema donde coexisten distintas corrientes de poder: una partidaria de resistir sin concesiones y otra más proclive a negociar. Esa tensión interna se refleja en el debate sobre si avanzar o no hacia un acuerdo con Washington, especialmente frente a exigencias consideradas inaceptables por Teherán, como negociar desde el inicio su programa nuclear o reabrir el estrecho de Ormuz sin condiciones.
Para el analista, la política exterior iraní está hoy subordinada a dos objetivos centrales: preservar el régimen y ganar oxígeno en medio de la guerra. Si bien descarta un colapso del sistema, sí advierte un desgaste económico y cuestionamientos internos que colocan al país en una situación delicada. Aun así, subraya que no existe espacio real para una oposición organizada.
En el plano interno, Novoa sostiene que la creciente militarización ha endurecido el control político y restringido aún más las libertades.
“En una situación marcial no hay espacio para la crítica”, afirma, al describir un escenario en el que la narrativa de agresión externa ha reforzado la cohesión interna. En esa línea, considera que los intentos de Donald Trump e Israel de incentivar protestas no han tenido impacto y, por el contrario, han contribuido a consolidar al régimen.
“Lejos de debilitarlo, la guerra ha terminado fortaleciendo al sistema en su capacidad de mantenerse en el poder”, dice Novoa, quien advierte que, al menos en el corto plazo, Irán se encamina hacia un modelo más militarizado, pero sin alterar aún la estructura de fondo del régimen.
Los militares llenan el vacío de poder

Un soldado vigila mientras los iraníes participan en una manifestación para mostrar su apoyo y solidaridad con el nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Jamenei, en Teherán, Irán, el 29 de abril de 2026. (EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH).
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El analista internacional Francisco Belaunde Matossian conincide en que el creciente protagonismo de la Guardia Revolucionaria es una consecuencia directa de la guerra, más que un cambio estructural definitivo, aunque advierte que puede tener efectos duraderos.
Según explica, la eliminación de figuras clave del aparato político y religioso —sumada a la debilidad del liderazgo tras la muerte de Alí Jamenei y la limitada capacidad operativa de su hijo— ha generado un vacío de poder que está siendo llenado por el actor más fuerte: el estamento militar.
Belaunde señala que, aunque se mantiene la “fachada” de un liderazgo religioso en la cúspide, el poder real se está desplazando hacia la Guardia Revolucionaria, en línea con un escenario que ya había sido anticipado por analistas. Este reequilibrio interno se refleja también en la postura internacional de Irán, donde conviven tensiones entre sectores más moderados —principalmente civiles— y una línea más dura vinculada a los militares, que apuesta por resistir y negociar desde una posición de fuerza.
En ese sentido, interpreta la última propuesta iraní —que plantea el fin de las hostilidades, la reapertura del estrecho de Ormuz y posponer el debate nuclear— como una señal de que Teherán se percibe en una posición relativamente favorable dentro del conflicto.
“Es una lógica de resistencia: ver quién aguanta más”, resume Belaunde. Destaca que Irán utiliza su capacidad de presión sobre el mercado energético global como una carta estratégica frente a Estados Unidos.

Conductores iraníes pasan junto a una enorme valla publicitaria con la imagen del fallecido líder supremo iraní, el ayatola Alí Jamenei, en Teherán, Irán, el 28 de abril de 2026. (EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH).
En el plano interno, advierte que la consolidación de un modelo más militarizado tendría consecuencias severas para la población, con un aumento de la represión y una reducción aún mayor de las libertades. “La gente la va a pasar muy mal”, afirma, al señalar que el temor a la represión —ya elevado antes de la guerra— limita cualquier posibilidad de movilización social.
Finalmente, Belaunde considera que ni Estados Unidos ni Israel calibraron plenamente este escenario. A su juicio, existía la expectativa de que la presión militar derivara en un debilitamiento del régimen o incluso en un cambio político interno, pero ocurrió lo contrario: la guerra ha reforzado al aparato militar y endurecido el control del poder, consolidando a la Guardia Revolucionaria como el actor dominante en la actual estructura iraní.













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