¿Giro a la derecha?

Este año, después de los triunfos de Laura Fernández en Costa Rica, Keiko Fujimori en el Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia, se habla de un “giro a la derecha” en América Latina. De hecho, si miramos el conjunto de la región, esta impresión parece justificarse: en Argentina tenemos a Javier Milei, en Chile a Antonio Kast, en Paraguay a Santiago Peña, en Bolivia a Rodrigo Paz, en Ecuador a Daniel Noboa; más al norte, Nayib Bukele en El Salvador sigue apareciendo como un referente atractivo para muchos liderazgos políticos de la región.

Existen razones para hablar de un giro a la derecha: en prácticamente todas las elecciones recientes, el tema de la inseguridad ciudadana y el combate a la criminalidad organizada ha sido un asunto de gran preocupación ciudadana, y los candidatos de derecha, con un discurso con énfasis en la “mano dura”, han logrado sintonizar mejor con segmentos importantes de la ciudadanía. De otro lado, la influencia del gobierno de Donald Trump en Estados Unidos, ya sea interviniendo directamente en el debate doméstico, como por las repercusiones de sus iniciativas en Venezuela y Cuba, o por la influencia de su estilo de liderazgo, es un factor más a considerar para dar mayor consistencia a la idea de un giro.

La otra línea de interpretación es que los ciudadanos simplemente expresan su malestar ante la incapacidad de los gobiernos de turno, sean los que sean, para lidiar con los problemas que les preocupan. Como señalan muchos colegas, hace apenas unos diez años, hacia el 2016, se empezó a hablar de un primer giro a la derecha, con los triunfos de Mauricio Macri en Argentina, Pedro Pablo Kuczynski en nuestro país, Sebastián Piñera en Chile, Jair Bolsonaro en Brasil y Luis Lacalle en Uruguay, entre otros. Ninguno de ellos logró tener un desempeño satisfactorio, por lo que en la siguiente ronda de elecciones más bien ganaron candidatos de izquierda: Alberto Fernández, Pedro Castillo, Gabriel Boric, Lula da Silva y Yamandú Orsi en cada uno de esos países, a los que se sumó Gustavo Petro en Colombia, por ejemplo. El que haya ciclos tan cortos de izquierda a derecha parece indicar que no estaríamos ante giros ideológicos profundos, sino ante una constante insatisfacción ciudadana que castiga a los oficialismos, cualquiera sea su signo. A favor de esta interpretación, se podría añadir que en las últimas elecciones de la región tienden a imponerse en mayor proporción partidos y liderazgos que logran presentarse como “nuevos”, que desplazan a las figuras asociadas a los partidos tradicionales.

El contraargumento sería señalar que la “primera ola” del giro a la derecha fue una primera y tímida respuesta al giro a la izquierda más sustantivo, el que ocurrió a inicios de este siglo y se extendió hasta el 2016 aproximadamente, años en los que tuvimos presidentes de izquierda verdaderamente fuertes e influyentes en varios países, como Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, el mismo Lula da Silva, Tabaré Vázquez o Michelle Bachelet, y que esta nueva ola está más preparada y mejor armada para marcar una tendencia más profunda.

Imposible saberlo en este momento. Lo que preocupa más es pensar que el problema de la región no es ni la izquierda ni la derecha, sino la incapacidad de nuestros Estados para lidiar con los problemas que tienen por delante.

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