El verdadero fraude, por Luciana de la Fuente

No hay fraude más peligroso que aquel que termina normalizando la trampa. Porque una elección cuestionada no solo afecta un resultado político. Afecta algo mucho más profundo: la formación moral de una sociedad.

La gran pregunta ya no es únicamente si hubo irregularidades, manipulación o instituciones que decidieron mirar hacia otro lado. La verdadera pregunta es otra: ¿qué les estamos enseñando a nuestros hijos?

¿Qué aprende un niño cuando ve que, frente a denuncias graves, las instituciones callan, se protegen entre sí o simplemente dejan que el tiempo diluya la indignación? ¿Qué aprende un adolescente cuando percibe que el problema no es actuar incorrectamente, sino ser descubierto?

Aprende algo muy simple y muy peligroso: que hacer trampa puede ser válido mientras no existan consecuencias. Ese mensaje aparece en los pequeños actos cotidianos: copiar en un examen, falsificar una firma, mentir para obtener ventaja o acomodar las reglas según la conveniencia personal. Y cuando esas conductas dejan de generar vergüenza, empiezan a convertirse en cultura.

Allí está el verdadero problema.

Porque las sociedades no se destruyen únicamente por la pobreza o por la falta de recursos. También se deterioran cuando pierden sus referentes éticos, cuando desaparece la idea de comunidad y cada persona empieza a pensar únicamente en sí misma.

La evolución humana ocurrió precisamente en sentido contrario. Desde los primeros grupos humanos, el hombre entendió que solo podía sobrevivir viviendo en comunidad. Aprendió a colaborar, a organizarse, a proteger a los otros. Gracias a ello desarrolló lenguaje, cultura y civilización.

El ser humano evolucionó porque comprendió que necesitaba de los demás. Hoy, sin embargo, pareciera que estamos enseñando exactamente lo contrario: “Haz lo que sea para ganar”, “saca ventaja como puedas”, “no importa el resto”. Esa lógica no representa progreso. Representa involución.

Porque una sociedad donde cada uno busca beneficiarse sin importar el daño colectivo termina destruyendo los pilares mínimos de confianza que sostienen una democracia.

Y cuando desaparece la confianza, todo empieza a resquebrajarse. Se debilita la justicia. Se deteriora la institucionalidad. Se pierde el respeto por la ley. Y finalmente desaparece la esperanza de que las cosas puedan hacerse correctamente.

Por eso el problema no es solamente político o electoral. El problema es moral.

Cuando las instituciones no actúan con transparencia, cuando las denuncias se archivan en silencio o cuando la verdad parece irrelevante, el mensaje que reciben las nuevas generaciones es devastador: “Haz lo que quieras; mientras no te descubran, no pasa nada”.

Y quizá ese sea el fraude más grave de todos. No solamente perder una elección. Sino perder la idea de país.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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