La nacionalización de los recursos naturales –el gas, los minerales, el petróleo– es el sueño de la izquierda. La experiencia de otros tiempos y lugares demuestra que ese sueño, lamentablemente, no termina como ella quisiera: “no más pobres en un país rico”. No es tan cierto que los villanos se lleven la riqueza que nos pertenece fuera del país ni tampoco que, una vez nacionalizados, los recursos se utilicen en beneficio de las grandes mayorías.
Fijémonos en los resultados de dos de las principales compañías mineras extranjeras que operan en el país, Cerro Verde y Southern, resultados que cualquiera puede consultar en el portal de la Superintendencia del Mercado de Valores. En los últimos cinco años, las utilidades netas de estas compañías representan entre un cuarto y un tercio del valor total de su producción. El resto se divide entre las remuneraciones de los trabajadores (peruanos con algunas excepciones), los pagos a los proveedores (locales muchos de ellos) y los impuestos y regalías que recibe el Estado. Fácilmente, el 60% o 70% del valor de los recursos se queda en el país, en el caso de la minería. Puede ser más en el caso del gas y del petróleo porque las regalías son proporcionalmente mayores.
La nacionalización, a lo sumo, haría que los US$3.800 millones que ganaron Cerro Verde y Southern el año pasado se distribuyan entre 34 millones de peruanos, elevando el ingreso por habitante en US$112 al año, que es menos de 1% del nivel actual. Sumemos Antamina, Camisea, Las Bambas y todo lo demás, y el nivel de ingresos del común de los peruanos no aumentaría en más de 10%.
Creer, por otro lado, que, si esas ganancias que hoy se llevan los inversionistas extranjeros no salieran del país, se repartirían equitativamente entre todos los peruanos es pura fantasía. No es “el pueblo” el que va a manejar los recursos naturales si es que se nacionalizan, sino un grupo de funcionarios designados por el poder político. En el mejor de los casos, los manejarán pensando más en los objetivos políticos de quienes los designaron que en los resultados financieros, que son lo único que podría redituar en beneficios para todos. En el peor, que es el caso más probable, los manejarán pensando en sus propios intereses, antes que en los intereses del pueblo. Lo estamos viendo en Petro-Perú, y lo último que necesitamos es replicar esa experiencia.
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