El Perú en un mundo incierto: sobrevivir no es suficiente, por Mercedes Araoz | Economía peruana | Davos | OPINION

El mundo que se observa desde foros como el de Davos no es simplemente un mundo en crisis, sino uno en transición desordenada. La fragmentación geopolítica, el debilitamiento de las democracias, la tensión entre apertura y proteccionismo, y una acelerada transformación tecnológica, sin reglas claras, configuran un escenario de alta incertidumbre. Las certezas que durante décadas ordenaron la economía y la política global, hoy están en discusión, cuando no abiertamente cuestionadas. Basta escuchar los discursos de varios líderes que estuvieron en Davos y leer en los diarios sobre las tensiones geopolíticas actuales para comprender que el orden internacional creado a mediados del siglo XX ya no va más, y que nos aproximamos a uno que desconocemos totalmente.

En ese contexto turbulento, el Perú vive una paradoja inquietante. Mientras su política se muestra frágil, errática y muchas veces desconectada de las demandas ciudadanas, el país –su economía, sociedad e instituciones básicas– sigue funcionando. No crecemos todo lo que podríamos, pero resistimos. Esa resiliencia silenciosa no es casualidad: responde a años de construcción de anclas macroeconómicas, reglas fiscales y monetarias prudentes, apertura comercial y una ciudadanía que, pese al ruido político, sigue apostando por el trabajo y esfuerzo.

Sin embargo, sobrevivir no puede ser nuestro horizonte. En un mundo cada vez más competitivo y fragmentado, la mera estabilidad es insuficiente. El verdadero desafío para el Perú no es solo resistir los ‘shocks’ externos, sino reconstruir confianza interna: en la política, en las instituciones y en la idea misma de un proyecto común. La ausencia de consensos básicos, la debilidad del liderazgo y la falta de una narrativa de futuro limitan nuestra capacidad de aprovechar oportunidades en medio del desorden global.

Pero sería un error atribuir nuestra fragilidad política únicamente a una desconexión con las demandas ciudadanas. Lo que vivimos hoy es profundamente una crisis ética del liderazgo político. Los ciudadanos pueden comprender el error humano y aceptar decisiones difíciles cuando perciben honestidad y coherencia. Lo que rompe definitivamente la confianza es la mentira sistemática, la falta de consistencia entre lo que se dice y se hace, y el uso del poder sin principios claros. Sin referentes éticos mínimos, la política deja de ser un espacio de servicio y se convierte en una fuente permanente de desconfianza y desencanto.

Hoy más que nunca, el debate no debería centrarse en elegir bandos ideológicos o en importar conflictos ajenos, sino en fortalecer aquello que nos permite navegar la incertidumbre: instituciones que funcionen, reglas claras, políticas públicas con sentido de largo plazo y una ética del servicio público que ponga al ciudadano en el centro. En un mundo donde el poder se ejerce crecientemente sin reglas, países como el Perú tienen más que perder si abandonan el camino institucional.

El contexto internacional ofrece lecciones claras. Las economías que mejor enfrentan la incertidumbre no son necesariamente las más grandes ni las más cerradas, sino aquellas con estados capaces, políticas previsibles y sociedades que confían –aunque sea críticamente– en sus instituciones, y con liderazgos que con fuerza ética señalan a sus pueblos el camino para lograr un sueño compartido y se comprometen sin resquemores. La resiliencia sin dirección puede convertirse en estancamiento; la estabilidad sin reformas, en una oportunidad perdida.

La pregunta de fondo no es si el Perú puede seguir sobreviviendo en este mundo turbulento, sino si será capaz de transformar esa resiliencia en un nuevo impulso de desarrollo. Para ello se requiere liderazgo democrático, responsabilidad política y una apuesta clara por reglas que trasciendan coyunturas y gobiernos. En tiempos de incertidumbre global, elegir instituciones y no caudillos, reglas y no atajos, es quizá el acto más profundo de responsabilidad ética con las futuras generaciones. Por ello, este 2026 es fundamental que los ciudadanos reflexionemos, profundamente, a quiénes damos el poder de gobernar nuestra patria y, en el caso de las élites, la sociedad civil, la academia, el sector empresarial y los medios, fomentemos un debate serio y sustentado de ideas que constituyan los cimientos de la construcción de un Perú en el que nos sintamos dignos y orgullosos de vivir.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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