El maestro como promotor de humanidad, por Jorge Camacho Bueno

Celebrar el Día del Maestro es reconocer la contribución invaluable de estos educadores a la vida de nuestra nación. Como todo lo fundamental, su impacto a menudo pasa desapercibido, escondido en los cimientos de la sociedad. Una sociedad suele reconocer la importancia vital de la educación cuando se enfrenta a grandes desafíos, como los que vivimos hoy en día. El futuro de una nación no solo se mide por la cantidad de jóvenes que la componen, que aseguran el recambio generacional, sino también por la calidad de su educación.

Las facultades de educación pueden impartir conocimientos sobre una materia y enseñar cómo transmitir esa información. Sin embargo, un buen profesor va más allá; tiene la capacidad de contagiar la pasión por su materia a sus alumnos. Así como un colegio no es bueno únicamente porque imparte una enseñanza excelente, sino porque sus alumnos realmente aprenden, un buen profesor puede inspirar a sus alumnos con su conocimiento, entusiasmo por el curso y habilidades interpersonales.

Si bien es preocupante observar los resultados tan bajos en comprensión lectora y matemáticas de los alumnos que terminan la secundaria, sería un error atribuir toda la responsabilidad a los docentes. Uno de los desafíos más importantes que enfrentan los maestros es la disyuntiva entre intervenir activamente en la educación de sus alumnos o limitarse a la instrucción.

Desafortunadamente, muchas familias han perdido el respeto por los maestros y se quejan constantemente de las llamadas de atención que reciben sus hijos o de las bajas calificaciones que obtienen. Además, cada desacuerdo entre alumnos se etiqueta como bullying, llegando al absurdo de presentar denuncias en la fiscalía por incidentes entre dos alumnos de inicial que se empujan o muerden.

El deporte de alta competencia y la educación escolar comparten una característica peculiar: casi cualquiera se siente con derecho a opinar. Basta con haber jugado unas pichangas en el recreo para criticar sin piedad el desempeño de los jugadores o las decisiones del entrenador de un partido del mundial. Lo mismo sucede en los grupos de WhatsApp de los padres de familia, donde se critican las decisiones de los profesores en lugar de buscar un diálogo constructivo. Lo que más desgasta a un maestro es la amenaza constante de judicializar situaciones normales que se presentan en el ejercicio educativo, donde el profesor corrige, evalúa y exige. Se está perdiendo de vista que el colegio es el momento donde los niños y jóvenes aprenden a vivir en sociedad, a respetar reglas, a afrontar las consecuencias de su conducta y de su aprovechamiento de las clases.

Muchas de las faltas de respeto a las reglas y a las leyes que observamos en los adultos se deben a la falta de consecuencia. La impunidad, tarde o temprano, impone la ley de la selva, donde sobreviven los más fuertes, y en consecuencia, la sociedad se vuelve más violenta. No lograremos la paz solamente con más clases de educación cívica. Como sociedad, tenemos la responsabilidad de restablecer la autoridad al profesor para gestionar la disciplina de su aula y protegiéndolo de denuncias que encubren sobreprotección.

Los colegios más exitosos son aquellos que tienen sus clases orientadas al conocimiento, donde sus alumnos son respetuosos con sus compañeros y con sus profesores, y donde los maestros tienen una alta expectativa en el desempeño de sus alumnos. Solo se puede educar en un ambiente de confianza. No hay manera de mejorar el desempeño de los aprendizajes de los alumnos si los maestros se sienten amenazados o saben que pasarán un mal rato si ponen baja nota.

Cuando la técnica está cada vez más presente en la vida diaria, el papel del maestro adquiere una relevancia fundamental; va mucho más allá de enseñar una materia o transmitir conocimientos. Ser maestro significa acompañar, formar, inspirar… y muchas veces, convertirse en ese referente que marca positivamente la vida de una persona para siempre.

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