El Perú ya conoció una generación marcada por el desastre: se la llamó la “generación del dolor”. Fueron los que nacieron durante y después de la guerra del Pacífico, viendo un país devastado y, sobre todo, un horizonte incierto. Su infancia transcurrió entre la reconstrucción nacional y la necesidad de proyectarse hacia el futuro. Y, de ese escenario adverso, emergieron figuras que redefinieron el pensamiento, la ciencia y la literatura del país, como Tello, Belaúnde, Riva Agüero, Racso, Valdelomar, entre otros tantos. Sobre sus hombros se asentaron, años después, los miembros de la generación del centenario.
Hoy, más de unciones y la tendencia hacia el autoritarismo. Sin embargo, a siglo después, otra generación se asoma a su propio momento decisivo. Se estima que más de 2,5 millones de peruanos votarán por primera vez en esta “fiesta democrática”. Ante ello, resulta difícil no preguntarse: ¿qué nos une y qué nos separa de aquellos jóvenes que heredaron un país desmembrado?
Ambas generaciones crecieron en medio de crisis. Vieron la fragilidad de las instituciones. Incluso aprendieron que la democracia estaba lejos de ser un punto de llegada. Cada una, a su modo, afrontó momentos de quiebre, guerras, transillí donde unos encontraron impulso para reconstruir, otros parecemos haber heredado una inercia más difícil de vencer. Y es que quizá lo que heredamos no fue una pátina, sino solo corrosión.
Hay corrosión en la vida pública, en la confianza ciudadana, en la forma en que pensamos el bien común. La política, que otrora movilizó multitudes y despertó convicciones, hoy se diluye entre el cálculo inmediato, el desencanto y la socarrona banalidad. Las grandes causas se fragmentan y las voces que antes articulaban horizontes colectivos se pierden en el ruido. La ciudadanía, que antes fue motor, parece hoy atrapada en una crónica abulia.
Quizá la diferencia no esté solo en las circunstancias, sino en la respuesta. La generación del dolor hizo de la crisis un punto de partida. Hoy, la nuestra corre el riesgo de hacer de ella un estado permanente. Este país nos vio nacer, pero, a diferencia de los primeros, no sé si nos verá crecer o descansar…
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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