En cada proceso electoral, los ciudadanos enfrentan una paradoja: abundan promesas facilistas, planes ambiciosos y discursos encendidos que rara vez se traducen en resultados. Surge entonces una pregunta clave: ¿qué buscan realmente los votantes en un candidato presidencial?
En cada proceso electoral, los ciudadanos enfrentan una paradoja: abundan promesas facilistas, planes ambiciosos y discursos encendidos que rara vez se traducen en resultados. Surge entonces una pregunta clave: ¿qué buscan realmente los votantes en un candidato presidencial?
Más allá de cifras y eslóganes, existe una dimensión más profunda en la conexión entre elector y candidato. No solo se evalúan propuestas; también actitudes, coherencia y autenticidad. En un contexto de alto desencanto con la política, gestos simples –respeto al adversario, capacidad de escuchar, claridad y espontaneidad al comunicar– adquieren un valor decisivo. Resulta revelador cómo algunos candidatos con recursos limitados logran posicionarse con fuerza, a último momento. Sin grandes presupuestos ni maquinaria partidaria, crecen en las encuestas porque encarnan atributos escasos: buenos modales, firmeza en sus convicciones y, sobre todo, honestidad intelectual. Decir la verdad, incluso cuando incomoda, se vuelve un diferencial poderoso. Reconocer los límites del Estado, explicar que los cambios toman tiempo o admitir que no todo es viable de inmediato puede fortalecer la credibilidad. En el Perú, donde la desconfianza hacia las promesas incumplidas es estructural, la franqueza se percibe como respeto al ciudadano.
Este cambio también explica la menor conexión con discursos radicales. Propuestas como estatizaciones, nacionalización de empresas o cambios abruptos en reglas económicas generan más cautela que entusiasmo. El ciudadano, hoy más informado y emprendedor, valora la estabilidad como un activo que no debe ponerse en riesgo. Ello no implica ausencia de demandas sociales, sino una nueva forma de interpretarlas. No se rechaza el cambio, sino la incertidumbre extrema. Los discursos ideológicos simplistas –generalmente de izquierda– pierden eco en una ciudadanía que entiende que las consecuencias económicas son inmediatas para su propio bolsillo y supervivencia. Asimismo, crece el rechazo al insulto y la confrontación vacía: se exige debate con argumentos.
En última instancia, el mensaje es claro: más que capacidad de “floro”, se busca liderazgo confiable, que combine carácter con sensatez, visión con realismo e integridad con responsabilidad. En la coyuntura actual, con cerca de 35 candidatos en contienda, este criterio exige además votar con estrategia y lógica. La dispersión del voto puede abrir paso a opciones extremistas con baja votación relativa. Por ello, es clave hacer un ejercicio consciente de análisis y concentración del voto, priorizando candidaturas sensatas y viables, para empujar a la segunda vuelta a dos opciones responsables que representen estabilidad y gobernabilidad. Porque elegir bien no solo es un derecho, sino también una responsabilidad de supervivencia nacional.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













Deja una respuesta