Valeria nació en el campo, en el distrito de Jesús, en Cajamarca. A los 16 años ganó la Beca 18 para poder cumplir su sueño de estudiar en la universidad. Pero la alegría le duró poco: el gobierno de José Jerí redujo el presupuesto del programa y Valeria se quedó sin su beca. La frustración era grande, pero la voluntad también. Así que la familia y los amigos organizaron una colecta para que pudiera prepararse en una academia preuniversitaria y postular como miles de chicos a la Universidad Nacional de Cajamarca. Como los recursos eran escasos, Valeria tenía que trabajar y esforzarse muchísimo estudiando. En el proceso sufrió un infarto cerebral y fue llevada de emergencia a un hospital, donde debía ser operada inmediatamente. Pero el hospital no tenían los insumos ni el equipamiento necesario. La única opción era que la familia comprara directamente los medicamentos a través de un contacto que el mismo médico les dio. No había opción: si no le compraban a ese proveedor, el médico no operaría. Tres días después, Valeria entró a sala de operaciones, pero fue muy tarde. Valeria falleció en el quirófano, en las manos de un médico indolente y de un sistema corrupto.
Valeria es una de las miles de historias que ocurren en las postas y hospitales del Perú. Vidas truncadas y familias destruidas por un sistema inoperante, plagado de corrupción. La contraloría encontró irregularidades graves en 16 hospitales del Minsa en Lima. Entre ellas, atención de pacientes en pasillos, déficit de especialistas médicos, equipos inoperativos y desabastecimiento de medicamentos esenciales.
No es falta de dinero, es falta de capacidad de gestión, corrupción e indolencia. El Ministerio de Salud tiene un presupuesto de S/15.050 millones. El gasto público ha crecido sostenidamente, pero los resultados no han mejorado. Ocurre lo mismo con Essalud, donde se atienden los trabajadores del sector privado: el presupuesto es S/17.000 millones, pero las condiciones no son mejores. Corrupción generalizada, financiamiento insuficiente, mala gestión, saturación hospitalaria, escasez de medicamentos y un exceso de personal administrativo sobre el médico.
Por ello, siete de cada diez personas que necesitaron atención médica no la obtuvieron y tuvieron que recurrir a farmacias o boticas. Y cómo podría ser distinto si el 98% de las postas médicas y hospitales de primer nivel de atención tiene una capacidad instalada inadecuada.
¿Quién controla el sector salud? Hace años que César Acuña y APP, su partido-empresa, se han adueñado del sector. Los mismos sindicatos de Essalud lo señalan: Acuña controla nombramientos, órdenes de compra y direcciones regionales. Actualmente, hay una crisis sanitaria por desabastecimiento de insulina. Pero no es el único medicamento que falta. De hecho, es la práctica común: la Gerencia Central de Abastecimiento de Bienes Estratégicos (Ceabe), encargada de comprar productos farmacéuticos y dispositivos médicos, genera desabastecimiento para poder hacer órdenes de compra de emergencia, a precios muchísimo más altos y a proveedores desconocidos. No es falta de capacidad, no es falta de recursos; es corrupción. Y todo esto ocurre pese a que tienen un sistema de reposición de medicamentos que permite planificar las compras. S/32.000 millones es un botín muy apetitoso para que el hombre de plata como cancha se atreva a todo.
Lo más vergonzoso es que en el directorio de Essalud hay tres representantes de gremios, callados, silenciosos, permitiendo que Essalud sea repartija para políticos sin integridad y funcionarios sin humanidad. Así seguiremos teniendo miles de casos como el de Valeria, cuya vida terminó cuando estaba por empezar.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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