¿Democracias o barras bravas?, por Ginevra Baffigo | Elecciones 2026 | Mundial

Anoche un “¡goooool!” atravesó el silencio. Durante un segundo pensé que jugaba Perú. Después recordé que no clasificamos al Mundial. Era un partido cualquiera. Otra selección. Otra camiseta. Pero daba igual. Los vecinos sabían a quién celebrar y a quién silbar.

Algo parecido ocurrió durante los últimos meses. No necesariamente alentábamos a nuestro equipo, pero sí elegimos bando ante el recuento de la ONPE como si el resultado dependiera de un penal.

Pero, ¿en qué momento el ciudadano se volvió hincha? De derecha o izquierda, de Donald Trump o de Pedro Sánchez.

Ser hincha no tiene nada de malo. Todos lo somos de algo. El problema empieza cuando la política se convierte en un estadio y los ciudadanos empiezan a comportarse como barras bravas.

La diferencia es sustancial. Los barristas no buscan comprender el partido. Buscan que gane su equipo. Y cuando pierde, rara vez aceptan el resultado. El árbitro estaba comprado. El VAR, manipulado. La federación favorecía al rival. Siempre hay una explicación que convierte la derrota en una injusticia.

Hillary Clinton aceptó la suya en el 2016. Aun así, miles salieron a las calles al grito de “Not my President”. Cuatro años después, Trump rechazó el resultado y su barra brava asaltó el Capitolio. Jair Bolsonaro hizo lo propio en Brasil. En el Perú, Keiko Fujimori habló de fraude en el 2021; hoy es Roberto Sánchez quien cuestiona el desenlace.

Los nombres cambian. La conducta no.

Al final, una democracia depende menos de quién gana que de cómo pierde el otro.

Mientras aceptan el resultado, el sistema resiste. Cuando dejan de hacerlo, las reglas empiezan a perder autoridad.

Durante décadas pensamos que la fortaleza de una democracia consistía en organizar elecciones libres. Quizá no. Quizá su verdadera fortaleza era conseguir que quien perdía aceptara la derrota.

Porque una democracia no funciona solo gracias a sus reglas. Funciona porque existe un acuerdo previo para respetarlas incluso cuando el derrotado es nuestro equipo. No vale cuestionar el marcador con el partido terminado.

Es un pacto, y cuando desaparece, el Estado empieza a perder autoridad. Y alguien más ocupa su lugar.

No siempre es un golpe militar. A veces es algo mucho más antiguo. El clan.

A finales de abril, mientras el Perú seguía contando los votos de la primera vuelta, los palestinos acudían a elecciones locales por primera vez en años.

Los titulares celebraron la victoria de Fatah, pero el dato más revelador fue otro. El principal rival ni siquiera entró al campo: Hamas boicoteó las elecciones. Y, aun así, el 88% de los candidatos prefirió competir como independiente.

¿Por qué entonces jugar sin camiseta? Porque, cuando el Estado deja de organizar la vida colectiva, la confianza migra de instituciones lejanas a quienes todavía pueden resolver problemas cercanos. La familia. La comunidad. El líder local. El clan.

Tras ello, Mahmud Abbas anunció elecciones generales para el 2027. Una manera de intentar recuperar una legitimidad que las urnas locales no le devolvieron.

El campeonato peruano tampoco terminó con el pitazo final. Keiko, tras imponerse en la segunda vuelta por menos de 50.000 votos, ahora se ve obligada a pedir un gobierno de base ancha. Ganó el partido, pero no la cancha.

Quizá por ello, el mayor desafío de las democracias contemporáneas no sea producir gobiernos legítimos. Quizá sea impedir que terminemos viviendo la política como vivimos el fútbol.

Porque no hay nada malo en gritar un gol ajeno como si fuera propio. El problema empieza cuando dejamos de comportarnos así solo en el estadio.

Porque el ciudadano acepta el resultado. El barrista, jamás.

Y cuando el ciudadano se hace barrista, el Estado deja espacio al clan.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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