Cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping: lo que no hablaron, por Cynthia A. Sanborn | Estados Unidos | China

Tras la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping, abundan los comentarios sobre quién ganó, qué concesiones se lograron y qué alivios obtuvieron los mercados. Pero quizás las preguntas son otras: ¿qué temas ni siquiera llegaron a la mesa? ¿Y qué importancia tiene esa cumbre para nuestra región?

El encuentro pareció cumplir un objetivo básico: reducir tensiones y construir una relación constructiva de estabilidad estratégica. La presencia de altos ejecutivos estadounidenses de tecnología, manufactura y finanzas, y algunos de sus más importantes contrapartes chinos, evidenció que parte central de la apuesta era económica. Después de años de tensiones comerciales y discursos, el mensaje fue pragmático: Estados Unidos y China siguen necesitándose. China domina hoy buena parte de las cadenas globales de minerales críticos. Además, muchas empresas chinas dependen del mercado estadounidense, así también de sus chips avanzados y otros productos. Ambos acordaron construir nuevas juntas bilaterales de comercio e inversión.

Por otro lado, uno de los silencios más llamativos fue la ausencia del cambio climático y la cooperación ambiental. No es un detalle menor. Se trata de dos actores indispensables para enfrentar la crisis climática que afecta todo el planeta, pero uno de ellos se ha alejado de este compromiso.

La propia Casa Blanca dejó claras sus prioridades. Su comunicado destacó un supuesto compromiso chino de atender preocupaciones estadounidenses sobre escasez de tierras raras y otros minerales críticos, así como restricciones sobre equipos y tecnología. Es decir: los insumos estratégicos no fueron parte de una agenda climática compartida, sino en clave de seguridad económica, competencia tecnológica y resiliencia estratégica.

Los mismos minerales que hacen posibles vehículos eléctricos, electrificación y energías limpias fueron discutidos no como herramientas para enfrentar un desafío planetario común, sino como activos estratégicos en la competencia entre potencias.

¿Estamos ante un nuevo “G2”? No exactamente. China no busca formalizar un mundo gobernado bilateralmente con Washington; su discurso sigue siendo multipolar, aunque valora el reconocimiento de su paridad estratégica. Y el problema para países como los nuestros no es un “G2” formal, sino un escenario donde las grandes potencias negocian estabilidad entre sí mientras el resto intentamos preservar margen de maniobra, acceso a mercados, tecnología y espacio de decisión propio.

Para América Latina, esto presenta riesgos evidentes. La región puede quedar reducida, una vez más, al papel de proveedora de insumos estratégicos —cobre, litio, níquel, alimentos— mientras el valor agregado, la innovación y las decisiones estratégicas se concentran en otros centros.

Seamos optimistas. Una relación menos confrontacional entre Washington y Beijing podría ampliar el espacio para estrategias de no alineamiento activo o diversificación pragmática en América Latina.

Para el Perú, el reto no es escoger entre Washington y Beijing, sino trabajar con ambos para atraer inversión, generar mayor valor agregado y avanzar nuestros intereses de desarrollo. Porque el verdadero riesgo no es quedar fuera de la conversación. Es estar en ella sin una estrategia propia que nos permita transformar nuestros activos en mayor desarrollo.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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