Los pícaros, los delincuentes, los bandidos, los hechiceros siempre existieron pero han entrado a formar parte de la literatura en tiempos recientes. Desde hace apenas cuatro siglos aparecieron como las figuras centrales de una novela cuyo autor, a pesar de su desparpajo, quiso esconderse en el anonimato. “El Buscón”, que no fue reconocida pero sí fue escrita por el gran Francisco de Quevedo y Villegas, fue publicada por primera vez en Zaragoza en 1626, y hoy se sigue reeditando y leyendo. Su protagonista, Pablos de Segovia, busca ascender social, económica y desesperadamente en cada una de sus páginas.
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Todo es delincuencia en la vida de Pablos. Su padre, Clemente Pablo, es un barbero (“tundidor de mejillas y sastre de barbas”) dado al robo y su madre es Aldonza de Lorenzo, con una clara vocación por las brujerías. Es su padre quien le da una consigna sencilla: “Quien no hurta en el mundo, no vive”. Su hermano de 7 años, que también tiene la manía de robarles a los clientes del padre, acabará muriendo de los golpes y azotes que le dan en la cárcel. Este es el mundo de entonces y de hoy en día. Todo está preparado para una vida dedicada al crimen. Para Pablos, el crimen es el único camino que le permite buscar un mundo mejor.
Pablos entra a un colegio donde conoce al hijo de su futuro amo. Con el tiempo, solo va a estar al servicio del clérigo Cabra, que lo va a matar de hambre. Luego, va a Alcalá de Henares, donde sufre los abusos de los demás estudiantes y aprende lo que muchas víctimas. Hace falta engañar y abusar a los demás para sobrevivir. De regreso a Segovia, va a conocer a uno de los personajes más siniestros del libro, su tío Alonso Ramplón, de profesión verdugo. Su tío Alonso le cuenta que ha ajusticiado a su padre. También le informa que su madre está presa y que probablemente la espera un auto de fe, es decir la hoguera. Alonso le pide a su sobrino que aprenda el oficio de verdugo. Pablos se niega. En el mundo inescrupuloso en el que vive, nunca va a dejar de amar a su padre.
En el camino de Alcalá a Segovia, Pablos conoce a una serie de personajes que nos resultan familiares. Un “loco republico” que sabe todos los remedios para arreglar los problemas de un país y que busca darle consejos al rey. Uno que afirma ser dueño de un pedazo de mar y que quiere secarlo con esponjas. Un clérigo viejo y delirante que afirma haber hecho un libro “a las once mil vírgenes, adonde a cada una he compuesto cincuenta octavas, cosa rica”.
Pablos convive con ellos, pero quiere huir. Después de recoger su herencia, va a Madrid. Cuando lo meten preso, soborna a todos los funcionarios y sale libre. Luego conoce a “la Grajales”, una “iza” de la “jacarandina”, prostituta y hampona sevillana. Harto de su suerte, le propone ir a América. Pero es pesimista: “Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres”. No es difícil pensar que sus descendientes conviven con nosotros.
Quevedo no escribió un libro ejemplificador. Escribió una novela cómica. No juzga al buscón. Nos cuenta la historia de un paria que busca sobrevivir. Es una obra ágil y moderna. Pablos sigue estando condenado. Sigue hablando en estas páginas, después de cuatro siglos.










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